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domingo, 31 de enero de 2016

"Reciclaje". Cómo comer sin gastar un mango


Según Wikipedia, "reciclaje" etimológicamente es un proceso cuyo objetivo es convertir desechos en nuevos productos o en materia para su posterior utilización. Gracias al reciclaje se previene el desuso de materiales potencialmente útiles, se reduce el consumo de nueva materia prima, además de reducir el uso de energía, la contaminación del aire bla bla bla. Según los hippies con los que tuve el placer de compartir morada, reciclaje es otra cosa. Es parte del lunfardo de rúa y está directamente ligado con el arte de pedir comida, principalmente en restaurantes y supermercados.

El mecanismo es el siguiente: Entrar a un lugar y pedir las frutas y verduras que están abolladitas o con peligro de estragarse en unas horas. Los comerciantes tienen en claro que no van a poder venderlas y si no las regalan tienen que tirarlas. Es muy común, por lo tanto la mayoría de los lugares ya tienen horarios establecidos para que los recicladores vayan sin interrumpir la jornada laboral. Muchos de los pibes ya eran expertos y conseguían cantidades industriales de alimento. Pero las chicas, las chicas eran la posta, siempre pegaban cajas y bolsas llenas. Otros ya sabían de memoria los horarios de cierre de varias casas de comida, así que era habitual estar en la plaza principal de Jericoacoara, por ejemplo, y que caiga alguno con platos descartables con pastas o pizza. Para mi cumpleaños, gracias a este método, yo pude disfrutar de un rico sushi que mi hermano y Georgina pidieron para mí.

Pero la finalidad del reciclaje, más allá de representar un fuerte ahorro económico, para mí fue otra. Una reflexión interna y más profunda que cualquier otra. Para mí representó la caída de otro paradigma más y una nueva cosmovisión de vida. 

martes, 19 de enero de 2016

Humildad y simpleza. Un cacho de cultura hippie style


Haber convivido durante tantos meses en espacios policulturales con gente de rúa te abre el espectro de una forma abismal. Y no hablo solamente de la diversidad de idiomas, formas de vida, oficios y artes varias, no. Hablo de algo más amplio: De vivencias, elecciones, aprovechamiento de oportunidades y modos de encarar situaciones extremas de una manera diametralmente opuesta a la que venía acostumbrada. De nuevas soluciones -a conflictos vivenciales básicos- de las que mi cabeza, antes de viajar, no disponía como items de selección instantánea en su catálogo estructurado y citadino de clase media promedio.

El plan de viaje que me propuse no fue el típico descanso vacacional con el que estaba familiarizada. No tenía organizado el itinerario fijo a seguir ni sabía a ciencia cierta el tiempo que iba a pasar fuera de casa. No sabía tampoco con exactitud a dónde iba a dormir, què iba a comer, que sitios turísticos iba a visitar para sacar fotos instagrameras y claramente no disponía de alguna pulserita de all inclusive en la muñeca. De hecho fui con las monedas contadas y una tarjeta de débito que, en algunos lugares silvestres, digamos -sutilmente- que la única forma que tenía de pasarla en algún lado de un extremo de la línea a otra, era usando mi culo como un posnet. Así que al poco tiempo de haber pisado Brasil, el contexto me hizo darme cuenta de manera abrupta que ya no era la porteña con la vida casi resuelta que se fue de Buenos Aires. Que ahora si se me ocurría no moverme para comer corría el riesgo de cagarme de hambre. Que si no generaba de alguna forma ingesos o tácticas para conseguir recursos, me quedaba en la lona y que en los viajes de mochila nunca estas solo.. Estás conviviendo a diario con muchas personas, siendo la mayoría de recambio permanente y que cada acción tiene una reacción. Así que tenía que empezar a plantearme terminar también con la carita de culo matinal, los malos humores, la forma individualista natural que la mayoría de los seres humanos tenemos de pensar y de todos aquellos caprichitos cuasi burgueses a los que estaba acostumbrada, naturalizándolos inconscientemente como necesidades básicas. Chau perfumito importado, chau marca de puchos específica y excluyente, chau comidita de calorías contadas, chau sommier, chau bañito privado, chau compra compulsiva de boludeces de mina, todo era chau chau chau. Chau esto y chau lo otro. ¿Tenía otra opción? Por supuesto que la tenía, pero la idea era aprender a vivir de otra manera. Ver como se sentía dejar las cosas supérfluas al margen y ponerme a prueba a mí misma. Conocer mis límites, mi perseverancia y mi coraje moviéndome en terrenos incómodos. Ver hasta dónde realmente era capaz de llegar y que era capaz de conseguir sin depender -principalmente- del dinero o de una imagen femenina impecable y pulida. Lograr una apertura, tal, que me permitiera mirar a los demás por lo que eran más allá de su imagen. Dejar de construír prejuicios infundados -basados meramente en mi adoctrinamiento social- y prestando más atención a cosas imperceptibles sabiendo fehacientemente que de cada una de las personas que me rodeaba podía ganar un gran maestro y, posteriormente, un amigo. Lo más gracioso de todo fue que comencé con la convicción de que estaba construyendo un nuevo paradigma con respecto al afuera, orientada al acercamiento con los demás, sin darme cuenta que lo que realmente estaba logrando era un acercamiento a la persona que menos conocía de todas: A mí.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Problemas escatológicos II: También en Alter do Chao


Cuando pensé que ya había superado parte de mis traumas escatológicos y que había conseguido madurar, haciendo realidad el más profundo anhelo utópico de mis progenitores... La vida me puso a prueba nuevamente de forma sorpresiva y contundente. Antes de salir del camping a dar una vuelta por mi nuevo barrio paradisíaco, me dirigí al baño de mujeres casi corriendo. Tenía la urgencia número uno y, después de los 30 años, la incontinencia urinaria parece haber comenzado su ciclo en mi persona. Abrí la puerta con las patitas temblando, casi bailando salsa, no podía más de las ganas de hacer pis. Levanté la tapa del inodoro y ahí lo vi... El yellow submarine de los Beatles a punto de viajar a los lugares más inhóspitos de las canñerías de Brasil. Casi tímido, estaba alojado en el hueco que separa el agüita sanitaria del resto del mecanismo. A punto de irse, solo le faltaba un empujoncito. El problema era que si yo jalaba la cadena, después tendría que esperar alrededor de 2 minutos más a que se llene la mochila del baño, ahí encerrada mirando las paredes. Pero como no era que flotaba libre cual paloma blanca sentada en el verde limón, si no que más bien estaba atrapado en el medio del trayecto del ciclo inodorístico, no me preocupé demasiado. "Está a punto de irse" pensé. Eso, acompañado de los movimientos espásticos de los cuales estaba siendo víctima debido a la presión exagerada de mi vejiga a punto de explotar sobre mi bajo vientre, hicieron que llegara a una decisión extrema: Si, me senté a hacer pichín sobre un sorete ajeno a punto de irse. Era matar dos pájaros de un tiro. Así fue que hice pis, me sentí tan aliviada que por un momento me olvidé de la cochina determinación que había tomado debido a la urgencia. Ya habiendo terminado me sentí orgullosa de mí misma, toda una mochilera, "Gisela estoy orgullosa de vos, measte sobre el sorete de otro liberándote del doloroso estigma fraternal que te aqueja bajo el apodo de Susana Gimenez" me dije. 

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Kit Depilación freelancer. Experimento científico.


El calor agobiante hace que las vellosidades corporales no puedan ocultarse tan fácilmente debajo de unos jeans apretados y unas botas, tal como acontece en períodos invernales de Baires. Para colmo descubrí con asombro que los pelitos del brazo se erizan, cual gato enojado, a altas temperaturas y, a pesar de que los míos gracias al cielo son rubios, me asombró notar la cantidad tupida que tenía cuando pisé Sao Luis y comenzaron a pararse uno a uno al unísono, tal como si hubiera sido víctima de una electrocución fruto de haber metido los dedos en un enchufe que pareciera haber arremetido vilmente contra mi persona bajo una descarga eléctrica mortal.

* * * *

Como era de esperarse, y sobre todo debido al valor cambiario, la depilación acá en Brasil representa un desafío bastante grande para mi bolsillo. La realidad es que hoy me toca elegir entre depilarme en un local y comer para el orto, o probar la independencia depilatoria haciéndolo por mí misma y darme algún que otro lujo culinario de vez en cuando. Como en todo, también en la belleza, solo es cuestión de aprender incursionando en nuevas opciones y ponerle mucha onda para rebuscárselas lejos de casa. 
La buena noticia es que, hace unos días, revisando los bolsillos secretos e incontables de la mochila, me di cuenta que mi depiladora eléctrica no había desaparecido tal y como pensaba. Si no que para que nadie me la robe, había buscado un recoveco imposible de encontrar para guardarla. Tan imposible que ni yo pude hallarla posteriormente, hasta el momento en que decidí hacer una limpieza profunda de mi bolso de equipaje para seleccionar qué seguiría viaje conmigo y que no.

La impronta principal que se me presentó en el viaje fue el hecho de que, hasta ahora, solo viví en lugares con baño y cocina compartida (a excepción de Camocim y Parnaíba, donde solo estuve de paso un tiempo considerablemente menor al del resto de los lugares). No creo que sea prudente cagarme en todo y poner a calentar la cera -con ese olor a culo que la caracteriza cuando se esta fundiendo- en una cocina comunitaria. Tampoco creo que sea civilizadamente aceptable ponerme a depilarme el cavado completamente despatarrada sobre la mesa grupal, mientras mis vecinos disfrutan de sus patas de pollo con arroz y feijón. Además eso daría por resultado la recibida total y absoluta con honores de "incogible definitiva" con posterior adquisición del diploma que mi mamá tendría la obligación de colgar orgullosa enmarcado en un cuadro de vidrio, sobre el sillón en el living de su casa.

martes, 17 de noviembre de 2015

"Um chimarrão gostoso se faz assim": Recolección de equipo matero

"Un mate gustoso se hace así" O por lo menos eso dice -en sus indicaciones de preparación al costado- el paquete de erva-mate que conseguí en Sao Luis después de un mes de vivir acá y de haber llorado todos los días por no haber podido tomar mate llegando a protagonizar situaciones extremas propias de un tango como secar una yerba usada al sol para rehusarla. Lo más irónico de todo es que siempre hubo yerba, incluso en el mismo supermercado al que fui incontables veces para ahorrar chirolas, pero yo nunca la vi.

El equipo de mate improvisado que pude armar en cuotas después de tres meses de salir de Argentina.
El paquete tiene una combinación de colores nefasta con la imagen de unos gauchos en el frente. Se llama chimarrão dos pampas aunque, sinceramente, debería llevar un nombre como "terrible poronga" o "esto es solo un compendio de polvo con algunos palitos". Me salió carísima, alrededor de R$12. Todo porque los brasileros no consumen estas cosas y saben fehacientemente que solo los extranjeros compramos productos como este, así que deciden deliberadamente rompernos el culo con el precio.

* * * *

Desde que salí de Argentina hasta hoy, puedo afirmar que no tuve suerte a la hora de tomar mate. Primero mis cervicales la parieron, ya que no tuve mejor idea que, por las dudas, traerme 3Kg. de yerba argentina en la mochila para aseverar que soy una mina preparada en todo momento. La yerba para mí es más importante que los tampones, con eso les digo todo. Mi ansiedad, por lo general, deviene en angustia oral y, para no fumarme 25 cigarrillos por segundo, lo que hago es apalear mi adicción con otra que creo menos dañina, es decir: Abusar de la mateína para no matarme con los puchos.
Cuando llegué a Brasil, me di cuenta que no había traído mi equipo básico de supervivencia, el de mate, claro. Tenía un arsenal de yerba pero absolutamente nada contundente con qué tomarla. Puteé bastante pero no me hice mucho problema pensando de una forma demasiado ilusa que podría comprarme todo el kit nuevo y continuar con mi vida normalmente sin asesinar a nadie. Me equivoqué. No conseguí una puta bombilla -acá ni saben lo que es- o un mate que no tenga el tamaño de un flete por ningún lado. Con un portugués horrible, solo me quedaba la opción de jugar al dígalo con mímica en cada mercado, mercadito, súpermercado, almacén, bar o whatever que entrara. Ahí empezó la desesperación que, posteriormente, mutó a la mendicidad. Al comienzo tuve que depender de la circunstancia meramente azarosa de cruzarme con algún argento o uruguayo que quiera convidarme un mate y cuando eso pasaba SIEMPRE eran amargos. Yo tomo el mate más dulce y horrible del mundo. Para prepararlo no sacudo la yerba, meto todo a lo bruto en el poronguín, le clavo la bombilla en seco y después lo lavo al toque con agua hirviendo colapsada de edulcorante. Es la única forma en que puedo pasar tan preciada bebida. El mate amargo me produce síntomas de gastritis y además siento que me cagó casi paralelamente al primer sorbo de manera instantánea.

* * * *

Lo bueno de todo esto, es decir, de no haber tenido mis cosas... Fue que en la búsqueda de las mismas, en el camino para obtenerlas, gané mucho más que artículos. Estas son algunas de las lecciones que me dio la vida gracias a la incoherente falta de mi termo, mi mate y mi bombilla.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

La piba arshentina que limpia los baños.

Jericoacoara para mí significó muchas cosas, fue uno de mis primeros destinos, viví ahí dos meses inolvidables y quedé enamorada del lugar, conocí personas increíbles y cada día que pasaba era testigo de como parte de mi estructura mental se iba derrumbando a pedazos de una forma demasiado rápida y abrupta. Y digo esto porque algunos derrumbes fueron extremos. De un momento a otro me encontré pensando diferente a lo que pensaba un segundo atrás y, consecuentemente, haciendo cosas que jamás pensé que iba a hacer en mi puta vida. 

El caso más fenomenal al que me enfrenté hasta ahora, casi inconscientemente, tuvo su lugar a mediados o fines de septiembre del año que corre, en el camping Natureza, donde después de muchas dudas y excesiva insistencia conseguí cambiar trabajo por estadía, sin darme cuenta que lo que en realidad estaba mutando era yo, mi paradigma de vida y mi miedo al ridículo. La forma que tenía de encarar y ver las cosas se amplió tomando un rumbo completamente desconocido para mí, transformando todo por completo y dando un giro brutal de 180º del cual, asevero con todo mi ser, que no hay retorno.

El mismísimo Natureza con las pibas cuando lo encontramos de pedo en Camocim

martes, 10 de noviembre de 2015

Las colillas de los puchos de Siske. Hippismo extremo.


Este es otro capítulo de "COSAS QUE NUNCA PENSÉ QUE IBA A HACER EN MI PUTA VIDA". Hoy toca hablar de los puchos, esos tubos cancerígenos que no logro dejar (tampoco intento) y que me comen la vida, los pulmones y el bolsillo de una manera garrafal.

Hollywood - jolibudi acá - Una de las marcas alternativas que manejan los brasileros.

En tiempos de extrema sequía económica, con crisis financiera, a días de cobrar y siendo particularmente argentina promedio en el extranjero, las cosas - con adicción al tabaco de por medio- pueden ponerse un poco difíciles. El primer paso es cambiar de marca. La frase "Solamente fumo Marlboro Box" -y haciendo total hincapié en el "box", porque común no fumaba ni en pedo- quedó enterrada en el olvido. Como tantas otras de mis frases citadinas en este viaje. Para ser un poco más gráfica: Es como si hubiera tenido que escribir muchos de mis dichos de nena caprichosa en un papelito, para enrollarlo despacito y metérmelo bien en el orto. 

Un paquete de puchos en el centro histórico de Sao Luis oscila entre los R$ 6,50 y R$13 dependiendo del día y la hora del mismo. La duración del paquete de puchos sin embargo, también esta sujeta a varios factores: La ansiedad del momento, si estoy a dieta o no y la cantidad de hippies o moradores de la posada que se enteren de que compré cigarros. En un buen día solo convido alrededor de cinco puchos. En un mal día se me va un atado entero en un abrir y cerrar de ojos.

En fin. Estos últimos días estuve en economía de guerra, ahorrando a más no poder y, como en todas las demás cosas en las que controlé exhaustivamente los precios -comida, bebida, etc- los puchos no fueron la excepción. La necesidad despierta los sentidos, sobre todo la vista (en mi caso). No tardé mucho en darme cuenta de que Vanessa (Siske, de ahora en adelante) últimamente fuma sus cigarrillos a la mitad y debido a circunstancias totalmente desconocidas, tomó por costumbre salir a fumar al balcón dejando las colillas afuera, arriba de una parecita. Lo que más me sorprendió, sin embargo, fue mi reacción, ya que en lugar de pedirle amorosamente que en lugar de acumularlas las tire en la basura o en el cenicero, al toque vi un negocio en esa compulsión nueva que ella tiene: Por cada diez colillas vanessísticas, hay cinco puchos enteros para fumar. Así que chicos, eso hice, sí, me fumé los restos de cigarrillos de mi amiga para calmar mi ansiedad, apagar el fuego de mi adicción eterna sin pagar ni tener que moverme de la habitación y, de paso, ahorrar reciclando. En esto me convirtió este viaje muchachos.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Malabaristas: Cambio radical de Paradigmas.

Es la primera vez en toda mi vida que me alojo en un camping. Dejé de vivir entre algodones - según dice mi vieja - saliendo de manera abrupta de las comodidades de mi casa con dormitorio en suit, para meterme de lleno en un asentamiento cuasi hippie lleno de arena y árboles de cajú que te escupen en la capocha, con tres baños para más de veinte personas (en el mejor de los casos), una cocina comunitaria poco equipada y, posteriormente, me vi rodeada de artesanos, malabaristas y músicos de diferentes países. Llegué con mis anteojos caros, botas de animal print en la mochila y una remera de los stone, a un lugar en que la última tendencia eran el samba, las rastas, los hombres en cuero y la ropa mayoritariamente hindú.

Giovanni & Kennedy.

El primer tipo que me habló fue Ariel, un artesano colombiano que me dijo "hola" y, dos microsegundos después, me ofreció un porro. La cara de incomprensión absoluta que me puso cuando le dije que no fumaba marihuana era de otro mundo, tal es así que me cuesta describirla. El segundo tipo que me habló era un mulato bahiano al que no le entendí un carajo lo que me estaba diciendo. De hecho jamás le entendí absolutamente nada. En toda mi estadía nunca pude descifrar lo que el flaco quería comunicarme, pero si yo veía que el chabón después de una frase estallaba, yo estallaba también para quedar bien. Hablaba más rápido que yo en mis picos más altos de ansiedad y encima en un portugués cerrado y creo que inexistente o seguramente inventado por él. El tercer tipo que me habló, lo hizo desde la comodidad de una red (hamaca paraguaya) y fue Kennedy, un malabarista brasilero de ojos color miel. El cuarto tipo (si, todos hombres) fue Alberto, un minero, de Minas Gerais, que se presentó clavándome los ojos directamente en las retinas, sonrió y me quiso zarpar un pucho, mientras una brasilerita de anteojos que se estaba comiendo se le pegaba como moco y lo chuponeaba de forma nefasta para marcar territorio y dejarle las pelotas punto nieve de manera reiterativa y sin descanso.

jueves, 29 de octubre de 2015

Kit "hippie chic" para ir al baño en un camping.

Cuando uno se aloja en un hostel, hotel, pousada o whatever... El problema mayor al que uno se enfrenta es al de rezar a todos los santos para caer en un país, ciudad o provincia, donde los baños tengan bidé. Hasta hace unos meses, por lo menos, ese era el único inconveniente al que yo me enfrentaba en baños ajenos. Cuando llegué a Brasil y noté que acá el bidé no es un "derecho humano" - como yo lo considero - ni un objeto necesario, o utilizado a la hora de terminar de cagar, mi vida juro que cambió para siempre. Primero fui víctima de un profundo estrés, lo único que podía pensar es en el bolo fecal que iba a llevar en mi vientre durante todo el viaje, cual feto en embarazo psicológico. Estaba negada. Fue terminar de pensar eso y el culo se me cerró "de acá no sale nada" pensé. Después vinieron el pánico y la vergüenza de, en un caso hipotético, tener que enfrentarme a mirar cara a cara a una persona que podía llegar a entrar inmediatamente después que yo. Porque te puede tocar uno de esos hijos de puta que te miran con recelo o, incluso peor, con risita cómplice, esa que solo significa una cosa: El tipo esta pensando "ah chanchita, así que hiciste el número dos". O viceversa. El temita de tener que fumarme el olor de las deposiciones de otro que, encima, se viene alimentando de arroz y feijón a toda hora del día para mí era terrible. 

Tener baño propio es algo que todos naturalizamos, lo vemos como algo normal, o quizás a mí no me entraba en la cabeza la movida esa de los sanitarios compartidos. 
Los baños comunitarios no son una tarea fácil. De hecho uno no se imagina lo que puede realmente ser hasta experimentarlo en carne propia. En temporada alta, los baños compartidos pueden llegar a convertirse en algo parecido a la intersección de las calles Lavalle y Florida, centro bonaerense, un día de semana en hora pico. Tienen filas de gente esperando para entrar y más recambio de personas que las sucursales de la AFIP.

Cuando hay tanta demanda para ingresar a un lugar, es súper necesario ser conscientes de que tenemos a mano todo lo que vamos a necesitar, para que no nos manden - por pelotudos - al fondo de la fila por habernos olvidado algo. Les paso a enumerar el KIT de objetos indispensables a la hora de ir a un baño comunitario.

- Bolsa contenedora de objetos contundentes. Puede ser la del supermercado o, incluso mejor, una que sea resistente, sobre todo al agua y la humedad. Si llevan una de tela, a los pocos días va a tomar un olor a culo infumable y acuérdense que se guarda en la carpa, ese lugar "especial" en el que van a dormir después. Sacar el olor de una carpa es, incluso más difícil que armarla chicos. 
Dentro de la bolsa van a poner lo siguiente:

- Papel higiénico / rollo de cocina (o, en el peor de los casos, servilletas del bar en el que desayunaron a la mañana, siempre que no sean esas lijadoras de culo que pueden usarse para armar puchos).

- Agua de culo. Atención! Este ítem es fundamental, recuerden que no hay bidé y bañarse cada vez que hacen cacona es una tarea tediosa, creánme. Va a llegar un punto en el que las va a dar paja ir a cagar, van a preferir aguantarse y eso no es bueno, chicos. Al final del día, en un país que no es el suyo, con otras costumbres y agua desconocida para el organismo - dependiendo de los alimentos que hayan ingerido - pueden meter hasta cinco duchas de corrido. Es un incordio, además todos te cargan después. Evitemos los baños innecesarios.

¿Qué es el agua de culo? Simple. Mi hermano menor denominó "agua de culo" a un novedoso invento que consta de una botella plástica llena de agua, en lo posible de medio litro (para que sea de fácil traslado) cuya única función será ser utilizada para enjuagarse el totó luego de haber hecho popó.

- Toalla / toallón / toallitas húmedas (esas que se usan para limpiarles el orto a los bebés, en lo posible sin aroma e hipoalergénicas) Para eliminar el exceso de líquido que el agua de culo dejó sobre nosotros.

- Jabonera plástica con jabón incluído. La jabonera es un MUST, es decir, es uno de los objetos básicos y más importantes que van a llevar consigo en su viaje, en todo su viaje. Fundamental que este siempre a mano. Además si pinta ducha rápida, ya tienen todo lo necesario.

En este kit, por las dudas, pueden incluír (dependiendo del tamaño de la bolsa contenedora) un Shampoo y una crema de enjuague (esto último solo para minas y metrosexuales). Sobre todo si en el lugar en donde paran hay un exceso importante de gente. Tengan en cuenta que no saben cuando van a volver a ingresar al baño. Dependiendo la hora del día, quizás les convenga hacer pis, caca y bañarse, todo de una... Sin tener que comerse una fila interminable nuevamente.

martes, 27 de octubre de 2015

Adaptación a la vida hippie.

En el capítulo "cosas que nunca pensé que iba a hacer en mi puta vida PARTE 1" hablo - entre otras cosas - de los encuentros escatológicos del tercer mundo de los que fui víctima durante mi primera semana de estadía en un camping brasilero, más precisamente en el estado de Ceará. Bien al norte de Brasil, bien en la loma del recontra culo, bah.


Empezando por la palabra "CAMPING". Creo que nadie que me haya conocido hasta hace dos meses podía asociarme siquiera cerca de esa idea. Con solo decirles lo anonada que quedé cuando descubrí que las mochilas para viajar se medían en litros, como la birra y que bajé del aeropuerto con unos anteojos importados (que me robaron) y mis botas divinas de animal print, leopardo más precisamente, les digo todo chicos. Increíblemente, aquella situación bizarra que, antes de emprender mi viaje, era filtro excluyente para eliminar pelotudos de mi vida, terminó siendo mi más temido karma y único destino. Siempre sostuve que para dejarme, un tipo solo tenía que proponerme irme de campamento o invitarme a alguna actividad recreativa que tenga como propuesta un alto porcentaje de "vida al aire libre".

- Primer día de *Camping* BAÑO TAPADO. 
Por un sorete inmundo, ajeno, de un tercero, de un hijo de recontra puta que seguramente se comió una ballena o un conteiner de cangrejos acompañado con excesos de arroz y feijón (porque acá todo lo acompañan con eso, claro). Así estaba yo, frente a frente, con semejante sorongo, mirando a todos lados pensando que era víctima de una broma vil o alguna cámara oculta. Recuerdo que abrí la tapa del inodoro con un palito, con mis pies a unos 2 metros de distancia y mis brazos estirados a tope, mientras con la otra mano sostenía fuerte mi naríz, con el asombroso temor de morir asfixiada, ya que no quería respirar por la boca, temiendo tragar absolutamente todo ese aroma inmundo. Aromaterapia a la inversa. A todo esto, quiero destacar la frustración que sentí cuando tire incontables veces la cadena, la tirita que cuelga de la mochila del inodoro bah, mientras iba notando que el submarino atómico no se iba. El miedo que daba tener que esperar cinco minutos para que se llene de nuevo de agua y probar con la siguiente descarga y, sobre todo, el hecho de después salir y explicar, SIN HABLAR UNA PALABRA EN PORTUGUÉS, que ese sorete no era mío, a quien este esperando en la puerta del bañeiro para ingresar en él. Tenía que resolver. Estaba iracunda, nerviosa, avergonzada por si otros pensaban que semejante bestia había salido de mi esfinter y, por esa razón, retirarme de coger para siempre ya desde el primer día. Pensé en mi baño bonaerense, en quien carajo me había mandado acá, en mis viejos, en mis botas de leopardo, en mi glamour que se estaba diluyendo (y que era lo único que se diluía, porque el soretín, con cada descarga, se ponía de forma perpendicular y paralela y golpeaba simpáticamente contra el agujero del inodoro en forma de cruz. Estaba, se ve, tan duro, que era imposible que se ubicara de forma estratégica como para salir íntegramente de una por el agujero). Estuve 40 minutos en el baño. No pude resolver ese problema nunca. Los días siguientes pasó lo mismo. Aproximadamente una vez por día, Dios me encomendaba una misión suicida, algo que aprender de esta historia... Pasaron dos meses y todavía no encuentro una puta razón lógica de por qué me hizo pasar por semejante odisea.

- Almorzar y cenar usando una tapa de olla de aluminio inestable como plato. 
Una especie de Samba gastronómico del parque de la costa. Misturando mi fastidio, enojo y torpeza, tirando comida insulsa por los costados con cada tenedorazo que daba, con las cagadas a pedos de mi hermano menor que me gritaba desde al lado que tenía que dejar de ser tan Susana Gimenez y curtirme en la vida del viajero. 
Tomar agua de la canilla acá reemplaza el laxante. La guayaba te seca. La idea es encontrar el equilibrio justo entre las cantidades de guayaba y el agua del grifo, para no irte por el inodoro pero tampoco constiparte hasta que el intestino te toque la retina.

- El problema de la comunicación aprendiendo un idioma. 
Lo primero que aprendí, después de las palabras básicas que necesitas para sobrevivir en un país que no es el tuyo ( Obrigado, perdão, Posso usar o banheiro, onde é happy hour, quanto custa a cerveja, etc) fue "Eu vou tomar banho", eso significa que voy a bañarme. No solamente lo decía una y otra vez al estilo GPS quemándole la cabeza a cada persona que se me cruzaba, si no que también, en mi afán por quedar bien con cada persona que se me cruzaba, sentía la obligación de ir a bañarme cada vez que lo decía más de dos veces seguidas. O sea que, en Brasil, la primera semana me bañe alrededor de 75 veces por día si contamos las veces que hablaba de más y las que iba de cuerpo (como diría mi abuela paterna QEPD al acto de defecar) ante la falta de bidé.

Gatos en el camping Natureza

SITUACIÓN: Un gato se adueñó de la cocina y todo alrededor. La parte de "alrededor" la usa como baño. El problema con los gatos es que tapan su caca con la arena, entonces es imperceptible a los ojos humanos, por lo menos en la parte superficial.

PROBLEMAS:
1- No hay ningún valiente que tome con una pala las deposiciones del felino y las traslade hacia otro lugar para que el animal cambie sus hábitos escatológicos. LA ENTRADA DE LA COCINA - desde el escalón intrascendente blanco hasta la puerta de entrada - ES UN CAMINO MINADO.
2- Todavía no cobre y perdí mis dos pares de ojotas.

SOLUCIÓN PROVISORIA para no pisar mierda descalza....
(Mamá orgullosa de mi madurez, mi hermano orgulloso de mi rápida adaptación a la vida del viajero rata)