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sábado, 23 de enero de 2016

Carlos. El Maluco "desgraciado"

Quiero comenzar aclarando que cuando escribo "desgraciado" no lo hago a modo de insulto, más allá de ser consciente de que representa un adjetivo calificativo con denotación negativa. "El desgraciado" es un apodo y no fuí yo quien lo escogió, si no que fue el mismo Carlos quien decidió apodarse de esa manera. Por lo menos eso dejó en claro cuando se presentó, autoproclamándose a los gritos así, la mañana que cruzó el portón principal del redario Iguana en Alter do Chao, dónde yo estaba viviendo. Ese día sentí primero el ruido del llamador de ángeles -que se encontraba en la puerta simulando una especie de timbre, algo bastante jipi- y, posteriormente, una voz vencida por la fatiga que buscaba sonar fuerte.

"Hola hola hola! Llegó el desgraciado! Buenos días desgraciados, hola hola hola"

El desgraciado es un tipo de alrededor de, más o menos, unos 70 años. Pero la realidad es que su edad es para mí incierta; Solo me guio por los parámetros que me transmitieron sus rasgos, algunas arrugas superficiales del rostro y su estructura física. Colombiano. Muy delgado, alto, de cabello entrecano -más "cano" que "entre"- a la altura de los hombros, de naríz prominente y piel morena -como Thalía en Marimar- Su forma de vestir es única, característica y personal. Pero a pesar de llevar muchas cosas encima, su outfit de prendas grandes, camisas holgadas y pantalones pinzados, nunca estaría completo sin el broche de oro: Aquel sombrero de medio vuelo desgastado por el tiempo y el uso, con plumas y algunos pins de viajero en los laterales. 

martes, 19 de enero de 2016

Mi laburo amazónico y lembrança de papá Ricardo


El día domingo 29 de noviembre de 2015 fue mi primer día de trabajo a prueba en la cocina de Mãe Natureza, un restaurante céntrico de Alter do Chão. Empecé a las 17.00 hs en punto y terminé, recontra hecha culo, alrededor de la 1.30 am del lunes.

En líneas generales el laburo era fácil, por lo menos para mí que trabajo en gastronomía. Las únicas cagadas fueron: Primero el excesivo calor de una cocina bastante pequeña que alojaba un conglomerado humano de hasta cinco personas en días de mucho movimiento, aunque mayoritariamente siempre éramos tres; Y segundo, que no me pagaron el día y que no tenía la certeza de cuando me iban a dar el dinero -que fue la motivación principal por la cual comencé el trabajo en relación de dependencia- que tanto necesitaba, o si me lo iban a dar en el caso de que no quedase como empleada fija. Otro punto significativo eran los espacios en blanco, esos períodos sin actividad que parecían detener el tiempo por horas haciendo de la jornada una incitación al suicidio, algo tedioso e interminable. Pero sacando estos tres puntos el resto fue genial. Pasados dos días me tomaron de forma efectiva y me dieron el uniforme, que constaba básicamente en una bandana, un delantal y una remera con el logo del lugar. Outfit que le dejé en mano a Anita, la mujer de Claudio, el día que renuncié para irme.

Mis compañeros de laburo. Una galera mundial y globalizada.
Los dueños del lugar, Jorge y Claudio, son argentinos y mi jefe directo, Ernesto, es de Uruguay -pero vivió la mayor parte de su vida viajando y en Europa. Los tres son un grupo de amigos cincuentones con toda, pero toda, la onda. Me hicieron sentir súper cómoda, al igual que el resto de la galera gastronómica formada principalmente por Anita, Martín, Alex, Thainara, Felix y Raulinho. Sumándose después Georgina y Trini, parte de la galera de Jericoacoara y Sao Luis, y posteriormente el matrimonio de paolistas Aline y Rodri.

Tincho es un cordobés crack de 34 años, mochilero de hace años, con la mejor de las ondas para hablar de prácticamente lo que sea. Él me dio los tips del proceso laboral. Al terminar la jornada de laburo me tiró data súper trascendente para seguir viajando de manera ahorrativa y segura, de puntos de hospedaje para hacer couchsurfing, de contactos suyos que podía encontrar en varias partes de Brasil si así lo necesitara y algunos sitios webs de interés que podían pasar a ser, para mí, la biblia del viajero. También compartió conmigo algunas de sus tantas experiencias y jamás dejó de sonreír. La única cagada fue que al otro día se iba para Colombia y su espacio en la cocina era el que pasaría a ocupar la persona que quedara efectiva después del período de prueba. Thainara es una brasilera genia de 20 años, nativa del estado de Pará que vive mismo en Alter do Chão y maneja la barra del lugar de taquito. Al principio no nos entendíamos bien con el idioma pero después resultamos buenas compañeras de trabajo y posteriormente compinches. Thainara me llamaba por el apellido, el problema es que en lugar de Bosi, me decía "Basi" porque no le salía mi verdadero nombre. Cada vez que llegaba una comanda de tragos, licuados, jugos o postres; ella hacía de más y me chistaba "psss Basi" mientras me tocaba la espalda dejándome una de sus exquisiteces en la mesada -al lado de la tabla que yo usaba para cortar vegetales- para que las probara. Con el paso de los días ella ya sabía muy bien cuales eran los batidos que más me gustaban, así que me consentía con eso. Felix es venezolano, amigo de afuera del trabajo, también de la galera. Cuando yo llegué él había pegado laburo ahí hacía unos días nada más. Así que básicamente aprendimos el trabajo juntos. Es artesano y artista. Para ganar unos mangos extra vende pulseras y hace estátua viviente en las plazas. Con él escalamos el Morro da Piroca, nos acompañó en la subida. Lo bueno de tener a alguien conocido de antemano, como en este caso, es que una no se siente tan "nueva" al momento de ingresar a un grupo armado. 
Después estaban: Alex, también de Venezuela, básicamente iba cuando tenía ganas, a la hora que tenía ganas. Era muy copado pero bastante irresponsable dadas las circunstancias contextuales que estaba viviendo (problemas en la salud de su suegra). No duró mucho más desde que yo entré porque lo echaron. Aline, Raulinho, Georgina, Anita y Trinidad laburaban en el salón, afuera, como camareros.

Humildad y simpleza. Un cacho de cultura hippie style


Haber convivido durante tantos meses en espacios policulturales con gente de rúa te abre el espectro de una forma abismal. Y no hablo solamente de la diversidad de idiomas, formas de vida, oficios y artes varias, no. Hablo de algo más amplio: De vivencias, elecciones, aprovechamiento de oportunidades y modos de encarar situaciones extremas de una manera diametralmente opuesta a la que venía acostumbrada. De nuevas soluciones -a conflictos vivenciales básicos- de las que mi cabeza, antes de viajar, no disponía como items de selección instantánea en su catálogo estructurado y citadino de clase media promedio.

El plan de viaje que me propuse no fue el típico descanso vacacional con el que estaba familiarizada. No tenía organizado el itinerario fijo a seguir ni sabía a ciencia cierta el tiempo que iba a pasar fuera de casa. No sabía tampoco con exactitud a dónde iba a dormir, què iba a comer, que sitios turísticos iba a visitar para sacar fotos instagrameras y claramente no disponía de alguna pulserita de all inclusive en la muñeca. De hecho fui con las monedas contadas y una tarjeta de débito que, en algunos lugares silvestres, digamos -sutilmente- que la única forma que tenía de pasarla en algún lado de un extremo de la línea a otra, era usando mi culo como un posnet. Así que al poco tiempo de haber pisado Brasil, el contexto me hizo darme cuenta de manera abrupta que ya no era la porteña con la vida casi resuelta que se fue de Buenos Aires. Que ahora si se me ocurría no moverme para comer corría el riesgo de cagarme de hambre. Que si no generaba de alguna forma ingesos o tácticas para conseguir recursos, me quedaba en la lona y que en los viajes de mochila nunca estas solo.. Estás conviviendo a diario con muchas personas, siendo la mayoría de recambio permanente y que cada acción tiene una reacción. Así que tenía que empezar a plantearme terminar también con la carita de culo matinal, los malos humores, la forma individualista natural que la mayoría de los seres humanos tenemos de pensar y de todos aquellos caprichitos cuasi burgueses a los que estaba acostumbrada, naturalizándolos inconscientemente como necesidades básicas. Chau perfumito importado, chau marca de puchos específica y excluyente, chau comidita de calorías contadas, chau sommier, chau bañito privado, chau compra compulsiva de boludeces de mina, todo era chau chau chau. Chau esto y chau lo otro. ¿Tenía otra opción? Por supuesto que la tenía, pero la idea era aprender a vivir de otra manera. Ver como se sentía dejar las cosas supérfluas al margen y ponerme a prueba a mí misma. Conocer mis límites, mi perseverancia y mi coraje moviéndome en terrenos incómodos. Ver hasta dónde realmente era capaz de llegar y que era capaz de conseguir sin depender -principalmente- del dinero o de una imagen femenina impecable y pulida. Lograr una apertura, tal, que me permitiera mirar a los demás por lo que eran más allá de su imagen. Dejar de construír prejuicios infundados -basados meramente en mi adoctrinamiento social- y prestando más atención a cosas imperceptibles sabiendo fehacientemente que de cada una de las personas que me rodeaba podía ganar un gran maestro y, posteriormente, un amigo. Lo más gracioso de todo fue que comencé con la convicción de que estaba construyendo un nuevo paradigma con respecto al afuera, orientada al acercamiento con los demás, sin darme cuenta que lo que realmente estaba logrando era un acercamiento a la persona que menos conocía de todas: A mí.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Morro da Piroca. Mi hermano como apoyo incondicional

My brother <3
A diferencia mía, mi hermano y Siske gustan mucho de caminar, trepar, colgarse de las piedras, acariciar tarántulas, etc etc. Yo, muy por el contrario, soy una especie de ameba contemplativa -amo la naturaleza y todo lo que ella propone pero más que nada para observarlo, escribir y relajarme. Y no tanto la parte de experimentarla todo el tiempo a través de la practicidad como hacen ellos, digamos- Eso puede traducirse en una sola cosa: Sacarme a mí a hacer una caminata extensa por la selva es una tarea extremadamente difícil, imposible diría. Para lograr que yo haga algo así tienen que recurrir a la mentira u omisión, al mágico recurso de trocar distancias o no serme del todo claros con el objetivo planteado. Con la trilha del Morro da Piroca, en Alter do Chao, pasó eso. Ellos decidieron llevarme a hacerla, me plantearon una pequeña caminata por la playa para ver la puesta del sol, no me dejaron pensar siquiera y me arrastraron. Cuando quise darme cuenta de lo que estaba pasando, yo ya estaba atrás de ellos moviendo los pies en el agua como una pelotuda, cruzando el río haciendo quilombo para que no me pique una raya asesina de las que hay acá. 

Ilusa yo, iba caminando por las playas de arena blanca con la cámara en mano, alucinada con los paisajes, las personas, las construcciones y fotografiando absolutamente todo lo que mis ojos podían capturar. Siempre atrás, siempre. Ya que tiendo a ser más lenta que el resto y me cuelgo con cada forrada que pasa a mi alrededor cual chino turista.

Prueba contundente de lo mencionado anteriormente

martes, 8 de diciembre de 2015

Murillo y Ale: Mi primer desapego

 
El desapego es algo común cuando estas en un viaje como el que yo elegí hacer. Todos pronuncian esta palabra de forma asidua, casi constante. El viajero debe aprender a desapegar todo. Empezando con objetos o cosas que ya no van a ser utilizadas, con el fin de liberar peso de las mochilas; pasando por paradigmas fuertemente arraigados que comienzan a desmoronarse para darle lugar a estructuras nuevas; Olvidar y encajonar historias pasadas de tu vida citadina también sigue la acción de desapegar y por útimo, y lo más complicado, el desapego de las personas que pasan a ser parte de un recambio humano infinito paralelo a los kilómetros recorridos. En este último caso el desapego no significa desecharlas, no. En este último caso lo que hay que aprender es a soltar... A dejar ir. Se hace muy difícil este último punto ya que a la distancia, mochileando, las personas que vas conociendo pasan a ser tu mundo, encierran tu todo y muchas veces te hacen sentir parte de algo más grande. Aristóteles decía "el hombre es por naturaleza gregario" y yo creo que no hay ningún tipo de error en esta frase, es absolutamente cierto según mi experiencia personal. Los seres humanos instintivamente armamos grupos, comunidades, galeras. Nos es imposible vivir de otra forma, no concuerda con nuestra naturaleza vital. Necesitamos en cierto punto formar parte de algo que nos defina, que nos de una identidad de individualidad dentro de otras individualidades, para poder también en base a esas diferencias, definir qué clase de personas somos. 

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Rearmando (a Gisela Bosi) la mochila

Y en el camino voy dejando atrás objetos que siento que ya no me definen y encierran una parte mía que ya no quiero seguir cargando si deseo continuar hacia adelante con una liviandad que, en definitiva, me hace libre.
La ironía del viajero es encontrarse diciendo "cuantas cosas tengo" cuando en realidad la totalidad de las mismas se reduce a lo necesario: Una mochila grande y, a lo sumo, una pequeña que complementa a la primera.
Un día comprendés que tu mochila, en realidad, sos vos mismo y allí aparecen la magia y el goce, fruto de comenzar a vivir una vida simple.


La simplicidad del viajero es darse cuenta de que con lo poco que carga es más que suficiente, experimentando así el hecho importante de darse cuenta de que al final la vida se reduce solo a ser vivida y a no necesitar más nada -para cumplir ese objetivo- que lo que lleva, sus compañeros de ruta y su fe en que en algún lado del mundo tiene una familia llena de amor esperando a que vuelva.

Mis únicos tacos, un sweater nuevo y un bolso que me salió un huevo. Quedan en Sao Luis de Maranhao

martes, 17 de noviembre de 2015

"Um chimarrão gostoso se faz assim": Recolección de equipo matero

"Un mate gustoso se hace así" O por lo menos eso dice -en sus indicaciones de preparación al costado- el paquete de erva-mate que conseguí en Sao Luis después de un mes de vivir acá y de haber llorado todos los días por no haber podido tomar mate llegando a protagonizar situaciones extremas propias de un tango como secar una yerba usada al sol para rehusarla. Lo más irónico de todo es que siempre hubo yerba, incluso en el mismo supermercado al que fui incontables veces para ahorrar chirolas, pero yo nunca la vi.

El equipo de mate improvisado que pude armar en cuotas después de tres meses de salir de Argentina.
El paquete tiene una combinación de colores nefasta con la imagen de unos gauchos en el frente. Se llama chimarrão dos pampas aunque, sinceramente, debería llevar un nombre como "terrible poronga" o "esto es solo un compendio de polvo con algunos palitos". Me salió carísima, alrededor de R$12. Todo porque los brasileros no consumen estas cosas y saben fehacientemente que solo los extranjeros compramos productos como este, así que deciden deliberadamente rompernos el culo con el precio.

* * * *

Desde que salí de Argentina hasta hoy, puedo afirmar que no tuve suerte a la hora de tomar mate. Primero mis cervicales la parieron, ya que no tuve mejor idea que, por las dudas, traerme 3Kg. de yerba argentina en la mochila para aseverar que soy una mina preparada en todo momento. La yerba para mí es más importante que los tampones, con eso les digo todo. Mi ansiedad, por lo general, deviene en angustia oral y, para no fumarme 25 cigarrillos por segundo, lo que hago es apalear mi adicción con otra que creo menos dañina, es decir: Abusar de la mateína para no matarme con los puchos.
Cuando llegué a Brasil, me di cuenta que no había traído mi equipo básico de supervivencia, el de mate, claro. Tenía un arsenal de yerba pero absolutamente nada contundente con qué tomarla. Puteé bastante pero no me hice mucho problema pensando de una forma demasiado ilusa que podría comprarme todo el kit nuevo y continuar con mi vida normalmente sin asesinar a nadie. Me equivoqué. No conseguí una puta bombilla -acá ni saben lo que es- o un mate que no tenga el tamaño de un flete por ningún lado. Con un portugués horrible, solo me quedaba la opción de jugar al dígalo con mímica en cada mercado, mercadito, súpermercado, almacén, bar o whatever que entrara. Ahí empezó la desesperación que, posteriormente, mutó a la mendicidad. Al comienzo tuve que depender de la circunstancia meramente azarosa de cruzarme con algún argento o uruguayo que quiera convidarme un mate y cuando eso pasaba SIEMPRE eran amargos. Yo tomo el mate más dulce y horrible del mundo. Para prepararlo no sacudo la yerba, meto todo a lo bruto en el poronguín, le clavo la bombilla en seco y después lo lavo al toque con agua hirviendo colapsada de edulcorante. Es la única forma en que puedo pasar tan preciada bebida. El mate amargo me produce síntomas de gastritis y además siento que me cagó casi paralelamente al primer sorbo de manera instantánea.

* * * *

Lo bueno de todo esto, es decir, de no haber tenido mis cosas... Fue que en la búsqueda de las mismas, en el camino para obtenerlas, gané mucho más que artículos. Estas son algunas de las lecciones que me dio la vida gracias a la incoherente falta de mi termo, mi mate y mi bombilla.

martes, 10 de noviembre de 2015

Sao Luis de Maranhão. Centro histórico

Según Wikipedia, el Estado de Maranhão es una de las 27 unidades federales de Brasil. Está localizado al oeste de la Región Nordeste de Brasil. Tiene como límites: el océano Atlántico al norte, el Estado de Piauí al este, el Estado de Tocantins al sur y sureste y el Estado de Pará al oeste. Ocupa una superficie de 331.935,5 km² y su población es de 6.714.314 hab. La capital es São Luís. 

Ahora voy con "el lugar según yo": Sao Luis es bellísimo. veredas ultra estrechas en su grosor,  con calles adoquinadas. Todas dispuestas en subidas y bajadas. Edificios no tan altos, mitad hechos recontra culo por el paso del tiempo y la ausencia gubernamental para su conservación, misturados con algunas otras edificaciones que siguen la misma estructura pero un poco mejor cuidadas. Esa mezcla bruta, ese contraste drástico, es lo que le da al lugar una belleza exótica que asombra dejando las retinas abiertas e impactadas ante su rusticidad que la hace única. Yo me doy cuenta de cuanto me sorprende un lugar, cuando me ataca la desesperación por sacar la cámara de fotos y sacar y sacar interminablemente fotografías y, a la vez, sentir que no me da la amplitud de la lente o la cantidad de imágenes para poder perpetuar, lo más definidamente posible, lo que estoy viendo con mis ojos. Esto me pasó en Sao Luis.

En cuanto al clima, estás cerca del Ecuador, bastante cerca, así que el calor es insoportable desde muy temprano y hasta muy tarde. Esto trae como consecuencia que haya más población de cucarachas y felinos achanchados que de personas y además te cae la gota gorda a toda hora dejándote más pelotudo de lo que solías ser en tu vida normal en otro país de clima humanamente soportable o, por lo menos, no tan extremo. Salir a hacer algo - cualquier cosa - a la calle antes de las 17.00 hs de la tarde es, meramente, una auto-instigación al suicidio. Incluso los mandados requeridos para subsistir: Comer, tomar agua, fumar puchos, etc. que, irónicamente, son los más complejos de lograr porque se ve que el concepto de "kiosco" acá en el nordeste no existe, en Sao Luis incluso menos que en otros lugares e, incoherentemente, el término "mercado pequeño o mercadinho" tampoco es muy familiar en estas zonas. Para pilotearla, tenés la ferinha del centro histórico, donde te arrancan un ojo de la cara si querés comprar tres de las cuatro cosas que ofrecen, o algunos puestos en la calle que no están siempre y suelen vender cosas específicas como tapiocas, agua de coco, artesanías, comida vieja, birra y agua embotellada a precios exhorbitantes, cosas fritas (salgados y pasteis / croquetas y pasteles de masa fritos) y azúcar mojada con café - porque lo que toman acá no puede ser jamás un café endulzado, es lo contrario: Azúcar mojada con un halo de cafeína líquida - Si no, no te queda otra que caminarte las bajadas y subidas abajo del sol, cual vela derretida, para llegar al mercado popular o darle con ahínco y valentía un poco más y llegar al supermercado Matheus, que es como un Carrefour gigante. Ahí es donde están los mejores precios, la variedad interminable de productos acomodados en góndolas prolijas bajo un maravilloso aire acondicionado. En todo ese oasis lleno de variedad de productos, cosas y marcas, no encontrás un puto paquete de yerba ni por asomo. Esa es la razón principal por la cual me hice adicta al café, porque hace casi un mes que no puedo disfrutar un rico mate. La vida a veces es una mierda, chicos. 



A diferencia de los demás lugares de Brasil que visité, Sao Luis me hizo encontrarme de frente con la realidad cosmopolita de un país con una cultura que creí hasta el momento bastante parecida pero experimenté que resultó ser muy diferente. Esa diferencia fue acentuándose más y más con el paso de los días hasta convencerme de que, por más que seamos semejantes, no somos tan parecidos como pensaba. Todo en las ciudades se nota más. Lo bueno y lo no tan bueno. Todo es más chocante y a gran escala. Cuando uno vive en lugares aislados, pueblos chicos y paradisíacos como yo venía haciendo, la cosa no es tan notoria. Es claramente diferente, obvio, pero representa una leve brisa comparada con el huracán urbano. Cuando entrás a un lugar de estas dimensiones, la vida te da un cachetazo bajándote de un soplo de la nube de pedos por la que venís transitando "nena, la vida no son vacaciones, acá estas sola y tenés que rebuscártelas".

domingo, 1 de noviembre de 2015

Malabaristas: Cambio radical de Paradigmas.

Es la primera vez en toda mi vida que me alojo en un camping. Dejé de vivir entre algodones - según dice mi vieja - saliendo de manera abrupta de las comodidades de mi casa con dormitorio en suit, para meterme de lleno en un asentamiento cuasi hippie lleno de arena y árboles de cajú que te escupen en la capocha, con tres baños para más de veinte personas (en el mejor de los casos), una cocina comunitaria poco equipada y, posteriormente, me vi rodeada de artesanos, malabaristas y músicos de diferentes países. Llegué con mis anteojos caros, botas de animal print en la mochila y una remera de los stone, a un lugar en que la última tendencia eran el samba, las rastas, los hombres en cuero y la ropa mayoritariamente hindú.

Giovanni & Kennedy.

El primer tipo que me habló fue Ariel, un artesano colombiano que me dijo "hola" y, dos microsegundos después, me ofreció un porro. La cara de incomprensión absoluta que me puso cuando le dije que no fumaba marihuana era de otro mundo, tal es así que me cuesta describirla. El segundo tipo que me habló era un mulato bahiano al que no le entendí un carajo lo que me estaba diciendo. De hecho jamás le entendí absolutamente nada. En toda mi estadía nunca pude descifrar lo que el flaco quería comunicarme, pero si yo veía que el chabón después de una frase estallaba, yo estallaba también para quedar bien. Hablaba más rápido que yo en mis picos más altos de ansiedad y encima en un portugués cerrado y creo que inexistente o seguramente inventado por él. El tercer tipo que me habló, lo hizo desde la comodidad de una red (hamaca paraguaya) y fue Kennedy, un malabarista brasilero de ojos color miel. El cuarto tipo (si, todos hombres) fue Alberto, un minero, de Minas Gerais, que se presentó clavándome los ojos directamente en las retinas, sonrió y me quiso zarpar un pucho, mientras una brasilerita de anteojos que se estaba comiendo se le pegaba como moco y lo chuponeaba de forma nefasta para marcar territorio y dejarle las pelotas punto nieve de manera reiterativa y sin descanso.

sábado, 31 de octubre de 2015

Y un día la galera acampó en Lagoa Paraíso

Gracias por tanto, eternamente en el corazón. Argentina / Brasil / Catalunya 2015
Lagoa Paraíso, Jijoca de Jericoacoara. Ceará, Brasil.
Los que me conocen saben que el mar y el agua salada no son cosas que yo precisamente ame. Una vez de pendeja, mis viejos, para que me deje de romperles las pelotas en la playa, me compraron para que me entretenga una barrenadora de telgopor en la costa Argentina y tuve una experiencia nefasta que se ve que dio por resultado un trauma psicológico irreversible en mi persona. Lo poco que recuerdo es que entré al mar, me subí a esa especie de tapa de heladera térmica descartable gigante buscando la mejor de las aventuras, cuando vino una ola enorme y después, a los pocos segundos, solo me acuerdo que tenía la cosa esa, encallada de punta en la arena, y del otro extremo clavada en la boca de mi estómago mientras me ahogaba con esa ola interminable que no me dejaba salir a la superficie a respirar. Así que con ocho años de edad decidí que los deportes acuáticos no eran lo mío y que el mar tampoco. Imagínense lo genial que puedo llegar a pasarla en la playa, cagándome de calor mientras cuido las cosas de todas las personas que me rodean, que aman el mar y disfrutan de un chapuzón ideal dejándome sola en la orilla como una especie de guardarropas nómade que acompaña la crecida o bajada de la marea, mientras ellos ríen y juegan adentrados cual Alfonsina Storni en el reino de Poseidón. Terrible. Así que cuando me enteré que había un micro-paraíso de agua dulce cerca de donde estábamos viviendo, no pude más que alegrarme y decir que sí a toda propuesta que me aleje del mar aunque sea unos días. Así fue que decidimos acampar en Lagoa Paraíso.




Preparamos todo: Comida, carpas, bolsas de dormir, una muda de ropa de más, toallas, cacerola para cocinar al fuego vivo, agua potable, instrumentos, una birra helada para el camino y algunos reales para viajar hasta allá y por si necesitásemos comprar algo más en caso de emergencia. Todo iba más que joya. Le lloramos la carta a uno de los camioneros, lo presionamos bah, y nos llevó por mucho menos de lo que pedía habitualmente. Llegamos a la laguna y yo la flashé, tanto que entré corriendo al agua y no quería salir de ella, a pesar de que, como resultado, mis extremidades corrieran peligro de quedar arrugadas cual pasa de uva. Ese lugar era INCREÍBLE, paradisíaco de verdad y encima no había nadie. Teníamos toda la playa para nosotros solos y todas las instalaciones podían ser usadas sin pagar un real. La única cagada fue que en el viaje se nos acopló un mochilero peruano en pedo, uno de esos viajeros parásito - como les llaman acá - que se te pegan y empiezan a chuparte la sangre de una manera garrafal. Te comen la comida, se toman atribuciones que no corresponden, te viven lo más que pueden sin ningún tipo de pudor. Pero, aún así, hasta que lo despachamos con flautita peruana y todo, no hubo problemas mayores, ni nada que pueda terminar de opacar la belleza inconmensurable del lugar. Parecía ser nuestro día de suerte, ya que del otro lado, cruzando la laguna, encontramos un predio preparado para acampar donde solo estaba el casero que nos permitió quedarnos ahí. Tenía parrilla, reposeras, árboles que daban sombra y permitían colgar la hamaca, mesas de cemento, pileta de cocina, una playa privada y una casa gigante a las que nos permitieron acceder para ingresa a los sanitarios (que tenían bidé de mano y papel higiénico).

Predio en el que acampamos gratarola, gracias a un casero muito legal.

* * * *

MI IRRESPONSABILIDAD COMO MEDIO PROPIO DE CAGAR SITUACIONES DE MANERA INCONSCIENTE Y TOTALMENTE "IMPREDECIBLE". 

El grupo pasó todo el día en la playita copando las instalaciones de forma casi abusiva hasta aproximadamente una hora antes de caer el sol. Ese momento del día es propicio para que la banda nómade comience a moverse y a buscar un lugar para instalarse antes de que la noche torne las cosas más complicadas. Éramos siete personas para trasladar todo y, con sumo cuidado, debíamos cruzar las cosas a través de la laguna, en su parte menos profunda, a pie sin que el agua llegue a tocarlas. El agua no iba a pasar del metro siguiendo un camino estrictamente seleccionado por dos de los pibes. No se qué extraña situación del universo hizo que yo terminara con todo aquello que se considera fundamental a la hora de acampar, es decir, las cosas más importantes quedaron bajo mi responsabilidad, casi sin pensarlo, todos fuimos agarrando bultos y yo, sin darme cuenta, terminé con la carpa, los toallones, la bolsa de dormir y el dinero a cuestas. Más mi bolso de mano. Todos comenzamos a cruzar y, claro, mi torpeza me jugó una mala pasada, me tropecé conmigo misma y comencé a caer para atrás en cámara lenta. Fue una secuencia determinante y bizarra, porque a pesar de la lentitud con que dicho acto estaba aconteciendo, no había forma de que todo se evitara ni vuelta atrás. En mi cabeza juro que podía escuchar casi patente el tema de Richard Wagner "The ride of the Valkyries"  sonando y musicalizándolo todo. Cada micro-segundo yo seguía cayendo para atrás y se iban empapando progresivamente y en orden: La carpa, las toallas, la bolsa de dormir, mi bolso de mano y la guita que tenía en el bolsillo del pantalón. Muy en el fondo distinguía los gritos desesperados de mis compañeros de viaje que no podían creer como yo había terminado con aquellos objetos contundentes y tan trascendentales para desarrollar tan bella actividad al aire libre y como todo se iba mojando cada vez más y más. Los alaridos me ponían más nerviosa, pero decidí que moverme iba a empeorar las cosas, así que me entregué a la voluntad del supremo dejándome caer hasta llegar al fondo. Todos vinieron a acudirme... Bah, perdón, a sacarme las cosas de encima, yo en ese momento no importé tanto. Algunos no podían parar de reírse, los demás se agarraban la cabeza y mi hermano gritaba "¿Que hacía Gisela con todo eso?!".

Así vivían los pibes, con toda esa belleza rodeándonos. Sin pagar sumas exhorbitantes de dinero ni contratar paquetes turísticos cinco estrellas en empresas de turismo. Solo pateando, conociendo personas y hablándoles con la mejor onda.
Después de semejante cagadón, todo salió de boa. Pudimos instalarnos sin más contratiempos, prender un hermoso fuego, cautivante, y secar las cosas mientras cocinábamos y compartíamos una olla de pastas juntos al mejor estilo carioca*.

Prueba contundente de que de verdad cocinamos a fuego vivo.
En otro de los fuegos, ya casi llegando al agua y también de noche, se nos ocurrió hacer un ritual en grupo. Todos seleccionamos un palo de madera rústico en el cual depositamos alguna frustración, persona o situación a soltar, o algún hecho del pasado al que debíamos darle un final. Cuando todos logramos "cargar" la rama con esa energía y estuvimos dispuestos a realmente dejarla atrás, arrojamos las maderitas al fuego como símbolo de que, a partir del momento en que se consuma, nosotros ya seríamos libres del pesar que aquello se quemó nos causó hasta entonces. Un momento emotivo acompañado de música improvisada y abrazos sentidos. Inolvidable.

Recuerdos eternos grabados en el corazón: Cantando el tema Rise, de Eddie Veder con Felipe en Ukulele.

La sonrisa y el alivio que solo la LIBERTAD en su sentido más amplio puede causarnos.

*El estilo carioca: Maniobra utilizada cuando los cubiertos y/o platos no son suficientes para la totalidad de los comensales. Es decir, cuando los utensillos no son equivalentes a la cantidad de personas presentes. Lo que se hace es compartirlo todo de manera equitativa. Se pasan la olla o el plato servido y los tenedores al compañero de al lado, se le da un bocado y se va pasando hasta terminar.
Letra chica: También se hace con lo que se beba o se fume.

Tudo o que você precisa é amor / All you need is love

Mi segundo día de viaje conocí a Alberto. Un pendejo de Minas Gerais. Brasilero, una década menor que yo. Su aparente libertad me cautivó. Su melena color chocolate desgastada hacia el largo de las puntas rozaba revoltosa sobre sus hombros. De torso fibroso y clavículas marcadas, esbelto, feliz, sonriente y alegre, pero por sobre todo libre. Dueño de una sonrisa gigante y luminosa que alumbraba primero su rostro y luego todo a su alrededor. De mirada profunda y penetrante, tanto que lograba desnudarte -sin la necesidad de tener que quitar ni una prenda- cuando movía sus grandes ojos de pestañas tupidas de arriba hacía abajo mordiendo sus labios carnosos con denotación picarona.


miércoles, 28 de octubre de 2015

Jericoacoara, el verdadero inicio de mi viaje

Jijoca de Jericoacoara es un municipio pequeño, un parque nacional, ubicado en el nordeste de Brasil, en el estado de ceará, a 300 km al oeste de Fortaleza y a más de 5500 km de Buenos Aires, mi casa. Esta catalogado como un punto paradisíaco y uno de los cinco mejores lugares del mundo para hacer deportes acuáticos: Kite surf, surf y wind surf. Tiene la particularidad de no tener ningún centímetro pavimentado, todas las calles son de arena clara, no hay bancos ni cajeros, ni absolutamente nada que tenga que ver con la sociedad civilizada que todos conocemos. No hay un supermercado gigante, solo algunos pequeños mercadinhos atendidos, principalmente, por familias nativas, muchos bares y un exceso de tiendas, locales o whatever relacionado a los deportes donde Jeri se destaca. Es un lugar meramente orientado a un turismo de paladar exquisito y bueno, a nosotros los mochileros, artesanos, malabaristas y hippies que parecemos vivir, allí dentro, una realidad paralela o un viaje que nada tiene que ver con los paquetes turísticos cinco estrellas que venden en las casas de turismo.

Mapa de Jericoacoara.
Las pousadas, hoteles y hostels son de revista y, por supuesto, manejan precios súper elevados a los que, claramente, yo no puedo acceder. Esa fue la razón principal por la cual terminé viviendo allí dos meses en un camping a dos cuadras de la rúa del Forró, tres de la rúa principal y rodeada de playas paradisíacas a las que no iba NADIE. Todo ese micro planeta de ensueño era para nosotros, los que vivíamos en una especie de universo paralelo al resto del mundo, los sin guita, los que patean la rúa viviendo al día. 


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Cuando llegué a Jericoacoara, directo de Fortaleza, no podía ver más allá de las dunas de arena blanca y las lagunas naturales que se forman por el agua de lluvia entre las matas. Casi desierto, en realidad desierto del todo. Un camino de ensueño arriba de una 4x4 llena de gente desconocida y saltos abruptos fruto de los médanos interminables que presentaba la ruta. Un viaje bizarro pero copadísimo que nos trajo directamente a lo que vislumbré primero como un pueblito fantasma. 


Estas son las camionetitas que te entran y sacan de Jeri, no hay otra forma, la ruta es demasiado rústica para un auto o micro.
Ruta para entrar y salir de Jericoacoara. Desierto. Solo dunas, matos y lagunas naturales que se forman con agua de lluvia
Me hicieron bajar de la camioneta con mis mochilas a cuestas. Directo a la puerta del camping Do Natureza. Al bajar, no entendía nada, de hecho pensé que me estaban cargando. Mi hermano me había vendido este lugar como un paraíso y yo solo podía ver arena, arena, matos, la puerta de un camping, arena, mas arena y algunas construcciones rústicas. Algo parecido a un pueblito perdido a miles de kilómetros de casa. Se me llenó el culo de preguntas... "¿Esto era? ¿Acá nos vamos a quedar? ¿Qué onda con este lugar?" No parecía nada del otro mundo. Le pregunté con carpa a mi hermano si este definitivamente era el destino y él, comiendo una papaya madura me dijo que sí con toda la naturalidad del mundo. La re flashé y me quise matar. Por más que me esforzara, no encontraba nada exuberante. Como no teníamos dinero para tirar al techo, nos instalamos en el camping. Si, yo en carpa chicos. Y partimos a la playa a ver la puesta del sol que, según todos dicen, es la mejor de todo Brasil. Así fue que llegamos a la playa y todo cambió. Una magia increíble modificó la totalidad de las cosas. En cuestión de milésimas de segundos, el lugar se había transformado en un verdadero paraíso terrenal de una belleza verdaderamente indescriptible. Todo era magia, todo era imponente e inexplicable. Me quedé muda. Me emocioné. Tardé, pero recién en ese momento pude ver la verdadera belleza de este lugar. Entendí todo. 


Milano Beach - Praia rúa forró, Jericoacoara
Primer Pôr do sol en Jericoacoara
El camino de vuelta era distinto, las calles de arena eran distintas, los matos, las flores, el agua cristalina, la gente. Los negocios y construcciones tenían colores llamativos, todo parecía una obra de arte. No entendí nunca, hasta hoy, como mi mente cerrada no pudo captar todo eso antes... No se qué carajo ví al llegar, solo sé que ni se acercaba a la realidad de Jericocoara. Me planteé cuantas veces me pasó eso en mi vida, de ver todo por arriba, superficialmente, y no lograr encontrar la verdadera magia de las cosas, de los lugares, de las personas... ¿Cómo podía tener una percepción tan distinta? ¿Qué pasaba con mis ojos? ¿Cómo no pude vislumbrar todo esto al principio? ¿En qué carajo estaba pensando? ¿Qué carajo estaba viendo?. A los cinco minutos de quedar totalmente muda ante tanta grandeza, fue que decidí que mi viaje en Jeri se iba a extender unos días más.