Mostrando entradas con la etiqueta Cosas que jamás pensé que iba a hacer en mi puta vida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cosas que jamás pensé que iba a hacer en mi puta vida. Mostrar todas las entradas

domingo, 31 de enero de 2016

"Reciclaje". Cómo comer sin gastar un mango


Según Wikipedia, "reciclaje" etimológicamente es un proceso cuyo objetivo es convertir desechos en nuevos productos o en materia para su posterior utilización. Gracias al reciclaje se previene el desuso de materiales potencialmente útiles, se reduce el consumo de nueva materia prima, además de reducir el uso de energía, la contaminación del aire bla bla bla. Según los hippies con los que tuve el placer de compartir morada, reciclaje es otra cosa. Es parte del lunfardo de rúa y está directamente ligado con el arte de pedir comida, principalmente en restaurantes y supermercados.

El mecanismo es el siguiente: Entrar a un lugar y pedir las frutas y verduras que están abolladitas o con peligro de estragarse en unas horas. Los comerciantes tienen en claro que no van a poder venderlas y si no las regalan tienen que tirarlas. Es muy común, por lo tanto la mayoría de los lugares ya tienen horarios establecidos para que los recicladores vayan sin interrumpir la jornada laboral. Muchos de los pibes ya eran expertos y conseguían cantidades industriales de alimento. Pero las chicas, las chicas eran la posta, siempre pegaban cajas y bolsas llenas. Otros ya sabían de memoria los horarios de cierre de varias casas de comida, así que era habitual estar en la plaza principal de Jericoacoara, por ejemplo, y que caiga alguno con platos descartables con pastas o pizza. Para mi cumpleaños, gracias a este método, yo pude disfrutar de un rico sushi que mi hermano y Georgina pidieron para mí.

Pero la finalidad del reciclaje, más allá de representar un fuerte ahorro económico, para mí fue otra. Una reflexión interna y más profunda que cualquier otra. Para mí representó la caída de otro paradigma más y una nueva cosmovisión de vida. 

martes, 19 de enero de 2016

Mi laburo amazónico y lembrança de papá Ricardo


El día domingo 29 de noviembre de 2015 fue mi primer día de trabajo a prueba en la cocina de Mãe Natureza, un restaurante céntrico de Alter do Chão. Empecé a las 17.00 hs en punto y terminé, recontra hecha culo, alrededor de la 1.30 am del lunes.

En líneas generales el laburo era fácil, por lo menos para mí que trabajo en gastronomía. Las únicas cagadas fueron: Primero el excesivo calor de una cocina bastante pequeña que alojaba un conglomerado humano de hasta cinco personas en días de mucho movimiento, aunque mayoritariamente siempre éramos tres; Y segundo, que no me pagaron el día y que no tenía la certeza de cuando me iban a dar el dinero -que fue la motivación principal por la cual comencé el trabajo en relación de dependencia- que tanto necesitaba, o si me lo iban a dar en el caso de que no quedase como empleada fija. Otro punto significativo eran los espacios en blanco, esos períodos sin actividad que parecían detener el tiempo por horas haciendo de la jornada una incitación al suicidio, algo tedioso e interminable. Pero sacando estos tres puntos el resto fue genial. Pasados dos días me tomaron de forma efectiva y me dieron el uniforme, que constaba básicamente en una bandana, un delantal y una remera con el logo del lugar. Outfit que le dejé en mano a Anita, la mujer de Claudio, el día que renuncié para irme.

Mis compañeros de laburo. Una galera mundial y globalizada.
Los dueños del lugar, Jorge y Claudio, son argentinos y mi jefe directo, Ernesto, es de Uruguay -pero vivió la mayor parte de su vida viajando y en Europa. Los tres son un grupo de amigos cincuentones con toda, pero toda, la onda. Me hicieron sentir súper cómoda, al igual que el resto de la galera gastronómica formada principalmente por Anita, Martín, Alex, Thainara, Felix y Raulinho. Sumándose después Georgina y Trini, parte de la galera de Jericoacoara y Sao Luis, y posteriormente el matrimonio de paolistas Aline y Rodri.

Tincho es un cordobés crack de 34 años, mochilero de hace años, con la mejor de las ondas para hablar de prácticamente lo que sea. Él me dio los tips del proceso laboral. Al terminar la jornada de laburo me tiró data súper trascendente para seguir viajando de manera ahorrativa y segura, de puntos de hospedaje para hacer couchsurfing, de contactos suyos que podía encontrar en varias partes de Brasil si así lo necesitara y algunos sitios webs de interés que podían pasar a ser, para mí, la biblia del viajero. También compartió conmigo algunas de sus tantas experiencias y jamás dejó de sonreír. La única cagada fue que al otro día se iba para Colombia y su espacio en la cocina era el que pasaría a ocupar la persona que quedara efectiva después del período de prueba. Thainara es una brasilera genia de 20 años, nativa del estado de Pará que vive mismo en Alter do Chão y maneja la barra del lugar de taquito. Al principio no nos entendíamos bien con el idioma pero después resultamos buenas compañeras de trabajo y posteriormente compinches. Thainara me llamaba por el apellido, el problema es que en lugar de Bosi, me decía "Basi" porque no le salía mi verdadero nombre. Cada vez que llegaba una comanda de tragos, licuados, jugos o postres; ella hacía de más y me chistaba "psss Basi" mientras me tocaba la espalda dejándome una de sus exquisiteces en la mesada -al lado de la tabla que yo usaba para cortar vegetales- para que las probara. Con el paso de los días ella ya sabía muy bien cuales eran los batidos que más me gustaban, así que me consentía con eso. Felix es venezolano, amigo de afuera del trabajo, también de la galera. Cuando yo llegué él había pegado laburo ahí hacía unos días nada más. Así que básicamente aprendimos el trabajo juntos. Es artesano y artista. Para ganar unos mangos extra vende pulseras y hace estátua viviente en las plazas. Con él escalamos el Morro da Piroca, nos acompañó en la subida. Lo bueno de tener a alguien conocido de antemano, como en este caso, es que una no se siente tan "nueva" al momento de ingresar a un grupo armado. 
Después estaban: Alex, también de Venezuela, básicamente iba cuando tenía ganas, a la hora que tenía ganas. Era muy copado pero bastante irresponsable dadas las circunstancias contextuales que estaba viviendo (problemas en la salud de su suegra). No duró mucho más desde que yo entré porque lo echaron. Aline, Raulinho, Georgina, Anita y Trinidad laburaban en el salón, afuera, como camareros.

lunes, 18 de enero de 2016

Primera carona. De Santarém a ¿Cuiabá? Failed



La carona salió el día 6 de enero de 2015 a alrededor de las 10 am. Èramos seis personas adentro de la cabina del camión: Maurillo, el motorista; Rodrigo y Aline, la pareja de paolistas; Eduardo, el pibe que controlaba que todo llegue a destino con una papeleta; Mi hermano y yo. Nos ubicamos estratégicamente como piezas de tetris para que nadie se quede abajo y todos podamos llegar sanos y salvos a destino: Cuiabá (en principio). En el asiento del co-piloto estaba Eduardo, un brasilero nativo de Santarém de 17 años -pero parecía de 26- entre Eduardo y la palanca de cambios, en el piso de la parte delantera estaba Juan Manuel. En el asiento de atrás, la cama de Maurillo, estábamos Aline, Rodrigo y yo. En mi lado había un televisor pequeño apagado que se me caía encima todo el tiempo de forma insistente, al igual que un bloque macizo de telgopor cuya existencia no tenía sentido alguno y su funcionalidad todavía no logro comprender.
Este es Maurillo y ese es el camión en el que viajábamos los 6
A las cuatro horas de viaje se me durmió el culo. Una hora más tarde sentía mitad dolor, mitad cosquilleo en la parte izquierda del cuerpo. La parte derecha, el soporte humano de la tele y el telgopor, directamente ya no la sentía. A las seis horas de viaje mi hermano me dio su lugar en el vehículo, quedándose así con la peor ubicación de todas: La mía.

domingo, 17 de enero de 2016

O Posto Dado. El inicio del regreso a casa.

A gente no posto

El 4 de enero de 2016 comenzó el retorno a casa. Con mi hermano salimos de Alter do Chão en un bondi de línea que nos dejó en la ciudad de Santarém, en el estado de Pará. La idea principal era pegar una carona que nos fuera acercando a la Argentina. No nos quedaba otra opción más que viajar a dedo, puesto que no disponiamos del dinero necesario para cruzar todo Brasil de forma cómoda y bacana. Llegamos a un posto de gas citadino donde pedimos una ubicación mejor de algún otro Ipiranga en el que los camioneros se preparen para salir a la ruta. La respuesta al interrogante ¿Cuál es el mejor lugar para conseguir un aventón hacia el sur de Brasil? fue conciso: O Posto Dado, en las afueras de la ciudad. Allí paraban los vehículos que terminaban de cargar mercadería para comenzar viaje. Solo quedaba tomar las mochilas y dirigirnos hacia allá con las monedas contadas y una tarjeta de débito que tenía muy pocas posibilidades de ser aceptada en los alrededores de Amazonia. Un tipo se apiadó de nosotros y, después de preguntarle a Juan Manuel a manera de chiste si llevaba alguna bomba escondida en su equipaje -por los rasgos árabes tan característicos de mi hermano- nos subió a la cabina de su camión proponiéndonos la bellísima idea de tirarnos en la estación de servicio recomendada para que no tengamos que caminar tantos kilómetros llenos de peso bajo un calor insoportable. Si bien me alegré, mi felicidad no pudo manifestarse más que en un "muito obrigada", puesto que hacía diez minutos atrás nos habíamos despedido de nuestra galera, pero principalmente de Siske. Mi amiga, hermana, "concubina" y compañera de aventuras del último semestre; Tiempo en el cual permanecimos juntas cada día, las 24 horas del mismo -a excepción de solo tres semanas en las que ella partió con mi hermano a subir y bajar el Monte Roraima en Venezuela, retornando para pasar las fiestas los tres juntos. Estaba muy triste y aún no aceptaba la idea de continuar camino separadas. El conductor nos hablába eufórico y yo solo podía escuchar su discurso de fondo, como en cámara lenta, sin prestar atención a lo que nos estaba planteando, ya que estaba demasiado ocupada en aguantar las ganas de llorar como una nena mientras limpiaba las lágrimas que iban cayendo por mi mejilla debajo de mis anteojos de sol. Miles de recuerdos me venían en flashes, como pequeños videos de YouTube de esos que las personas arman con músicas, fotos y pequeños momentos compartidos, para otras personas. No tenía tiempo para asimilar mi duelo en ese momento, la energía debía ser enfocada de lleno en el objetivo principal: Convencer a un camionero que nos suba a su vehículo y nos haga avanzar la mayor cantidad de kilómetros posibles hacía el sur. Pero cuando la despedida es tan trascendente, como en este caso, no había forma de callar mis sentidos que, impertinentes, actuaban por sí solos sin permitirle a mi cabeza que los maneje a gusto y piacere.

Así fue que llegamos al que, quizás, representó el más bizarro de los lugares de paraje en todo mi viaje: El posto Dado. Una estación de servicio Ipiranga cuasi abandonada y hecha recontra culo. El piso polvoso, mezcla arena muy fina con tierra roja, que se removía de manera constante ensuciando todo lo que estuviera cerca. Disponía de un terreno gigante casi desértico que se expandía a lo largo y ancho de la ruta con camiones viejos y un taller mecánico, cosas oxidadas o corroídas por el paso del tiempo, un baño donde vivía una gente que cobraba un real para hacer pis, dos reales para hacer otras cosas y un monto un poco más costoso para tomar un baño; También disponía de un restaurante chico en la entrada de la ruta que siempre estaba vacío -ya que abría a horarios inentendibles solo por algunas horas del día- y un grupo de moradores cachaçeros vagabundos un poco -bastante- locos que se habían instalado allí de forma perpetua haciendo de ese, su hogar.

sábado, 16 de enero de 2016

Segunda Carona. De Jamanxim a Santa Helena.


Después de la "carona explosiva" que nos sacó de la zona de conflicto en la Transamazónica, caímos en un pueblo llamado Jamanxim, sobre la ruta. En el medio del barro, abajo de la llovizna intermitente había un vagabundo nativo, un doidinho limado que llevaba dos palos -como los de Donatello, la tortuga ninja- uno por cada mano. Con ellos amenazaba con batir al que se le cruzaba por delante. El tipo le gritaba a toda persona, automóvil, camión, animal u objeto contundente que pasara cerca de él. Como siempre, perro que ladra no muerde. Solo escuchamos un par de amenazas y nos estallamos un rato. Entramos a un restaurante enorme y vacío que cobraba carísimo, pero era el único que había y teníamos mucha hambre. Almorzamos alrededor de las 16.00 hs y estábamos dispuestos a darnos un baño allí mismo -cobraban R$4.00 por el servicio- o en el puesto de gasolina de la esquina. El problema principal fue que se cortó el agua en toda la zona justo en el momento en que nosotros la pisamos y esa situación llevó directamente al problema secundario: Cómo carajo íbamos a lograr que alguien nos levante llenos de barro, transpiración e impresentables como estábamos. No nos quedaba más opción que ponernos a hacer dedo en el medio del fango y, nuevamente, esperar que la magia suceda. Así fue que Juan Manuel paró un camión que, convenientemente, iba hacía Cuiabá, al sur de Mato Grosso. El hombre nos miró y, mientras se quería matar por haber detenido su vehículo, nosotros le quemábamos la cabeza para que nos lleve con él. La realidad es que no estaba muy convencido al principio pero nos subió igual. Yo me acomodé en el asiento trasero, acolchonado y enorme. Mi hermano se quedó como co-piloto y arrancó una charla. Nos presentamos y le pedimos disculpas por las condiciones vergonzosas en las que nos encontrábamos, le explicamos el problema que habíamos tenido en la ruta y de la travesía 4x4 que habíamos vivido hacía unos instantes. Vanderlei - Así es su nombre- sonrió "Ah! eran ustedes los del camión de gas??" y se rió con fuerza. "Yo los ví, estaba varado al principio de la fila cuando pasaron!" A partir de ese momento su apertura fue notoria. Otra vez la casualidad nos benefició y ganamos un nuevo amigo.

viernes, 15 de enero de 2016

Tercera carona: De Mato Grosso a Río de Janeiro


Hooked on a feeling de Blue Swede sonaba incesante y repetitivamente de fondo, a través del pequeño televisor -incrustado en la cabina del camión- reproduciendo el menú de “Guardianes de la Galaxia” una y otra vez, una y otra vez, musicalizando de manera armoniosa un trayecto donde abundaban, principalmente, palmeras y un compendio de matos verdes mullidos e impertinentes invadiendo ambos laterales de una ruta asombrosa, casi de película, que se nos presentaba en altos y bajos, ascensos y descensos constantes. El sol salía de tanto en tanto dándole luz a un día lluvioso y mayoritariamente grisáceo que amenazaba, a través de tormentas intermitentes, con demorar la llegada a casa.

miércoles, 6 de enero de 2016

Carona explosiva. Carga de garrafas de gas e irmãos Bosi

Un camión transportista de aceite de soja brasilera nos iba a llevar de carona unos buenos kilómetros - desde el estado de Pará hasta más o menos la mitad de Mato Grosso del norte- La lluvia torrencial hizo que la ruta transamasónica (no pavimentada) se embarrara, interrumpiendo el paso de cualquier vehículo, a excepción claro de las Toyota Hilux que pasaban por el fango como nada, o de algunas camionetas 4x4 viejas que se la banquen. Teníamos 50 camiones varados adelante nuestro e incontables camiones atrás. Todos esperando que un tractor los ayudara a cruzar remolcándolos con una soga. Eran aprox. 40 minutos por vehículo. Estaba jodido, si no volvía a llover el plan era quedarnos ahí, parados, durante 2 días. Si volvía la lluvia se haría una semana de inactividad mínimo.


viernes, 11 de diciembre de 2015

Morro da Piroca. Mi hermano como apoyo incondicional

My brother <3
A diferencia mía, mi hermano y Siske gustan mucho de caminar, trepar, colgarse de las piedras, acariciar tarántulas, etc etc. Yo, muy por el contrario, soy una especie de ameba contemplativa -amo la naturaleza y todo lo que ella propone pero más que nada para observarlo, escribir y relajarme. Y no tanto la parte de experimentarla todo el tiempo a través de la practicidad como hacen ellos, digamos- Eso puede traducirse en una sola cosa: Sacarme a mí a hacer una caminata extensa por la selva es una tarea extremadamente difícil, imposible diría. Para lograr que yo haga algo así tienen que recurrir a la mentira u omisión, al mágico recurso de trocar distancias o no serme del todo claros con el objetivo planteado. Con la trilha del Morro da Piroca, en Alter do Chao, pasó eso. Ellos decidieron llevarme a hacerla, me plantearon una pequeña caminata por la playa para ver la puesta del sol, no me dejaron pensar siquiera y me arrastraron. Cuando quise darme cuenta de lo que estaba pasando, yo ya estaba atrás de ellos moviendo los pies en el agua como una pelotuda, cruzando el río haciendo quilombo para que no me pique una raya asesina de las que hay acá. 

Ilusa yo, iba caminando por las playas de arena blanca con la cámara en mano, alucinada con los paisajes, las personas, las construcciones y fotografiando absolutamente todo lo que mis ojos podían capturar. Siempre atrás, siempre. Ya que tiendo a ser más lenta que el resto y me cuelgo con cada forrada que pasa a mi alrededor cual chino turista.

Prueba contundente de lo mencionado anteriormente

jueves, 10 de diciembre de 2015

Problemas escatológicos II: También en Alter do Chao


Cuando pensé que ya había superado parte de mis traumas escatológicos y que había conseguido madurar, haciendo realidad el más profundo anhelo utópico de mis progenitores... La vida me puso a prueba nuevamente de forma sorpresiva y contundente. Antes de salir del camping a dar una vuelta por mi nuevo barrio paradisíaco, me dirigí al baño de mujeres casi corriendo. Tenía la urgencia número uno y, después de los 30 años, la incontinencia urinaria parece haber comenzado su ciclo en mi persona. Abrí la puerta con las patitas temblando, casi bailando salsa, no podía más de las ganas de hacer pis. Levanté la tapa del inodoro y ahí lo vi... El yellow submarine de los Beatles a punto de viajar a los lugares más inhóspitos de las canñerías de Brasil. Casi tímido, estaba alojado en el hueco que separa el agüita sanitaria del resto del mecanismo. A punto de irse, solo le faltaba un empujoncito. El problema era que si yo jalaba la cadena, después tendría que esperar alrededor de 2 minutos más a que se llene la mochila del baño, ahí encerrada mirando las paredes. Pero como no era que flotaba libre cual paloma blanca sentada en el verde limón, si no que más bien estaba atrapado en el medio del trayecto del ciclo inodorístico, no me preocupé demasiado. "Está a punto de irse" pensé. Eso, acompañado de los movimientos espásticos de los cuales estaba siendo víctima debido a la presión exagerada de mi vejiga a punto de explotar sobre mi bajo vientre, hicieron que llegara a una decisión extrema: Si, me senté a hacer pichín sobre un sorete ajeno a punto de irse. Era matar dos pájaros de un tiro. Así fue que hice pis, me sentí tan aliviada que por un momento me olvidé de la cochina determinación que había tomado debido a la urgencia. Ya habiendo terminado me sentí orgullosa de mí misma, toda una mochilera, "Gisela estoy orgullosa de vos, measte sobre el sorete de otro liberándote del doloroso estigma fraternal que te aqueja bajo el apodo de Susana Gimenez" me dije. 

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Kit Depilación freelancer. Experimento científico.


El calor agobiante hace que las vellosidades corporales no puedan ocultarse tan fácilmente debajo de unos jeans apretados y unas botas, tal como acontece en períodos invernales de Baires. Para colmo descubrí con asombro que los pelitos del brazo se erizan, cual gato enojado, a altas temperaturas y, a pesar de que los míos gracias al cielo son rubios, me asombró notar la cantidad tupida que tenía cuando pisé Sao Luis y comenzaron a pararse uno a uno al unísono, tal como si hubiera sido víctima de una electrocución fruto de haber metido los dedos en un enchufe que pareciera haber arremetido vilmente contra mi persona bajo una descarga eléctrica mortal.

* * * *

Como era de esperarse, y sobre todo debido al valor cambiario, la depilación acá en Brasil representa un desafío bastante grande para mi bolsillo. La realidad es que hoy me toca elegir entre depilarme en un local y comer para el orto, o probar la independencia depilatoria haciéndolo por mí misma y darme algún que otro lujo culinario de vez en cuando. Como en todo, también en la belleza, solo es cuestión de aprender incursionando en nuevas opciones y ponerle mucha onda para rebuscárselas lejos de casa. 
La buena noticia es que, hace unos días, revisando los bolsillos secretos e incontables de la mochila, me di cuenta que mi depiladora eléctrica no había desaparecido tal y como pensaba. Si no que para que nadie me la robe, había buscado un recoveco imposible de encontrar para guardarla. Tan imposible que ni yo pude hallarla posteriormente, hasta el momento en que decidí hacer una limpieza profunda de mi bolso de equipaje para seleccionar qué seguiría viaje conmigo y que no.

La impronta principal que se me presentó en el viaje fue el hecho de que, hasta ahora, solo viví en lugares con baño y cocina compartida (a excepción de Camocim y Parnaíba, donde solo estuve de paso un tiempo considerablemente menor al del resto de los lugares). No creo que sea prudente cagarme en todo y poner a calentar la cera -con ese olor a culo que la caracteriza cuando se esta fundiendo- en una cocina comunitaria. Tampoco creo que sea civilizadamente aceptable ponerme a depilarme el cavado completamente despatarrada sobre la mesa grupal, mientras mis vecinos disfrutan de sus patas de pollo con arroz y feijón. Además eso daría por resultado la recibida total y absoluta con honores de "incogible definitiva" con posterior adquisición del diploma que mi mamá tendría la obligación de colgar orgullosa enmarcado en un cuadro de vidrio, sobre el sillón en el living de su casa.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

La piba arshentina que limpia los baños.

Jericoacoara para mí significó muchas cosas, fue uno de mis primeros destinos, viví ahí dos meses inolvidables y quedé enamorada del lugar, conocí personas increíbles y cada día que pasaba era testigo de como parte de mi estructura mental se iba derrumbando a pedazos de una forma demasiado rápida y abrupta. Y digo esto porque algunos derrumbes fueron extremos. De un momento a otro me encontré pensando diferente a lo que pensaba un segundo atrás y, consecuentemente, haciendo cosas que jamás pensé que iba a hacer en mi puta vida. 

El caso más fenomenal al que me enfrenté hasta ahora, casi inconscientemente, tuvo su lugar a mediados o fines de septiembre del año que corre, en el camping Natureza, donde después de muchas dudas y excesiva insistencia conseguí cambiar trabajo por estadía, sin darme cuenta que lo que en realidad estaba mutando era yo, mi paradigma de vida y mi miedo al ridículo. La forma que tenía de encarar y ver las cosas se amplió tomando un rumbo completamente desconocido para mí, transformando todo por completo y dando un giro brutal de 180º del cual, asevero con todo mi ser, que no hay retorno.

El mismísimo Natureza con las pibas cuando lo encontramos de pedo en Camocim

martes, 10 de noviembre de 2015

Las colillas de los puchos de Siske. Hippismo extremo.


Este es otro capítulo de "COSAS QUE NUNCA PENSÉ QUE IBA A HACER EN MI PUTA VIDA". Hoy toca hablar de los puchos, esos tubos cancerígenos que no logro dejar (tampoco intento) y que me comen la vida, los pulmones y el bolsillo de una manera garrafal.

Hollywood - jolibudi acá - Una de las marcas alternativas que manejan los brasileros.

En tiempos de extrema sequía económica, con crisis financiera, a días de cobrar y siendo particularmente argentina promedio en el extranjero, las cosas - con adicción al tabaco de por medio- pueden ponerse un poco difíciles. El primer paso es cambiar de marca. La frase "Solamente fumo Marlboro Box" -y haciendo total hincapié en el "box", porque común no fumaba ni en pedo- quedó enterrada en el olvido. Como tantas otras de mis frases citadinas en este viaje. Para ser un poco más gráfica: Es como si hubiera tenido que escribir muchos de mis dichos de nena caprichosa en un papelito, para enrollarlo despacito y metérmelo bien en el orto. 

Un paquete de puchos en el centro histórico de Sao Luis oscila entre los R$ 6,50 y R$13 dependiendo del día y la hora del mismo. La duración del paquete de puchos sin embargo, también esta sujeta a varios factores: La ansiedad del momento, si estoy a dieta o no y la cantidad de hippies o moradores de la posada que se enteren de que compré cigarros. En un buen día solo convido alrededor de cinco puchos. En un mal día se me va un atado entero en un abrir y cerrar de ojos.

En fin. Estos últimos días estuve en economía de guerra, ahorrando a más no poder y, como en todas las demás cosas en las que controlé exhaustivamente los precios -comida, bebida, etc- los puchos no fueron la excepción. La necesidad despierta los sentidos, sobre todo la vista (en mi caso). No tardé mucho en darme cuenta de que Vanessa (Siske, de ahora en adelante) últimamente fuma sus cigarrillos a la mitad y debido a circunstancias totalmente desconocidas, tomó por costumbre salir a fumar al balcón dejando las colillas afuera, arriba de una parecita. Lo que más me sorprendió, sin embargo, fue mi reacción, ya que en lugar de pedirle amorosamente que en lugar de acumularlas las tire en la basura o en el cenicero, al toque vi un negocio en esa compulsión nueva que ella tiene: Por cada diez colillas vanessísticas, hay cinco puchos enteros para fumar. Así que chicos, eso hice, sí, me fumé los restos de cigarrillos de mi amiga para calmar mi ansiedad, apagar el fuego de mi adicción eterna sin pagar ni tener que moverme de la habitación y, de paso, ahorrar reciclando. En esto me convirtió este viaje muchachos.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Malabaristas: Cambio radical de Paradigmas.

Es la primera vez en toda mi vida que me alojo en un camping. Dejé de vivir entre algodones - según dice mi vieja - saliendo de manera abrupta de las comodidades de mi casa con dormitorio en suit, para meterme de lleno en un asentamiento cuasi hippie lleno de arena y árboles de cajú que te escupen en la capocha, con tres baños para más de veinte personas (en el mejor de los casos), una cocina comunitaria poco equipada y, posteriormente, me vi rodeada de artesanos, malabaristas y músicos de diferentes países. Llegué con mis anteojos caros, botas de animal print en la mochila y una remera de los stone, a un lugar en que la última tendencia eran el samba, las rastas, los hombres en cuero y la ropa mayoritariamente hindú.

Giovanni & Kennedy.

El primer tipo que me habló fue Ariel, un artesano colombiano que me dijo "hola" y, dos microsegundos después, me ofreció un porro. La cara de incomprensión absoluta que me puso cuando le dije que no fumaba marihuana era de otro mundo, tal es así que me cuesta describirla. El segundo tipo que me habló era un mulato bahiano al que no le entendí un carajo lo que me estaba diciendo. De hecho jamás le entendí absolutamente nada. En toda mi estadía nunca pude descifrar lo que el flaco quería comunicarme, pero si yo veía que el chabón después de una frase estallaba, yo estallaba también para quedar bien. Hablaba más rápido que yo en mis picos más altos de ansiedad y encima en un portugués cerrado y creo que inexistente o seguramente inventado por él. El tercer tipo que me habló, lo hizo desde la comodidad de una red (hamaca paraguaya) y fue Kennedy, un malabarista brasilero de ojos color miel. El cuarto tipo (si, todos hombres) fue Alberto, un minero, de Minas Gerais, que se presentó clavándome los ojos directamente en las retinas, sonrió y me quiso zarpar un pucho, mientras una brasilerita de anteojos que se estaba comiendo se le pegaba como moco y lo chuponeaba de forma nefasta para marcar territorio y dejarle las pelotas punto nieve de manera reiterativa y sin descanso.

sábado, 31 de octubre de 2015

Y un día la galera acampó en Lagoa Paraíso

Gracias por tanto, eternamente en el corazón. Argentina / Brasil / Catalunya 2015
Lagoa Paraíso, Jijoca de Jericoacoara. Ceará, Brasil.
Los que me conocen saben que el mar y el agua salada no son cosas que yo precisamente ame. Una vez de pendeja, mis viejos, para que me deje de romperles las pelotas en la playa, me compraron para que me entretenga una barrenadora de telgopor en la costa Argentina y tuve una experiencia nefasta que se ve que dio por resultado un trauma psicológico irreversible en mi persona. Lo poco que recuerdo es que entré al mar, me subí a esa especie de tapa de heladera térmica descartable gigante buscando la mejor de las aventuras, cuando vino una ola enorme y después, a los pocos segundos, solo me acuerdo que tenía la cosa esa, encallada de punta en la arena, y del otro extremo clavada en la boca de mi estómago mientras me ahogaba con esa ola interminable que no me dejaba salir a la superficie a respirar. Así que con ocho años de edad decidí que los deportes acuáticos no eran lo mío y que el mar tampoco. Imagínense lo genial que puedo llegar a pasarla en la playa, cagándome de calor mientras cuido las cosas de todas las personas que me rodean, que aman el mar y disfrutan de un chapuzón ideal dejándome sola en la orilla como una especie de guardarropas nómade que acompaña la crecida o bajada de la marea, mientras ellos ríen y juegan adentrados cual Alfonsina Storni en el reino de Poseidón. Terrible. Así que cuando me enteré que había un micro-paraíso de agua dulce cerca de donde estábamos viviendo, no pude más que alegrarme y decir que sí a toda propuesta que me aleje del mar aunque sea unos días. Así fue que decidimos acampar en Lagoa Paraíso.




Preparamos todo: Comida, carpas, bolsas de dormir, una muda de ropa de más, toallas, cacerola para cocinar al fuego vivo, agua potable, instrumentos, una birra helada para el camino y algunos reales para viajar hasta allá y por si necesitásemos comprar algo más en caso de emergencia. Todo iba más que joya. Le lloramos la carta a uno de los camioneros, lo presionamos bah, y nos llevó por mucho menos de lo que pedía habitualmente. Llegamos a la laguna y yo la flashé, tanto que entré corriendo al agua y no quería salir de ella, a pesar de que, como resultado, mis extremidades corrieran peligro de quedar arrugadas cual pasa de uva. Ese lugar era INCREÍBLE, paradisíaco de verdad y encima no había nadie. Teníamos toda la playa para nosotros solos y todas las instalaciones podían ser usadas sin pagar un real. La única cagada fue que en el viaje se nos acopló un mochilero peruano en pedo, uno de esos viajeros parásito - como les llaman acá - que se te pegan y empiezan a chuparte la sangre de una manera garrafal. Te comen la comida, se toman atribuciones que no corresponden, te viven lo más que pueden sin ningún tipo de pudor. Pero, aún así, hasta que lo despachamos con flautita peruana y todo, no hubo problemas mayores, ni nada que pueda terminar de opacar la belleza inconmensurable del lugar. Parecía ser nuestro día de suerte, ya que del otro lado, cruzando la laguna, encontramos un predio preparado para acampar donde solo estaba el casero que nos permitió quedarnos ahí. Tenía parrilla, reposeras, árboles que daban sombra y permitían colgar la hamaca, mesas de cemento, pileta de cocina, una playa privada y una casa gigante a las que nos permitieron acceder para ingresa a los sanitarios (que tenían bidé de mano y papel higiénico).

Predio en el que acampamos gratarola, gracias a un casero muito legal.

* * * *

MI IRRESPONSABILIDAD COMO MEDIO PROPIO DE CAGAR SITUACIONES DE MANERA INCONSCIENTE Y TOTALMENTE "IMPREDECIBLE"

El grupo pasó todo el día en la playita copando las instalaciones de forma casi abusiva hasta aproximadamente una hora antes de caer el sol. Ese momento del día es propicio para que la banda nómade comience a moverse y a buscar un lugar para instalarse antes de que la noche torne las cosas más complicadas. Éramos siete personas para trasladar todo y, con sumo cuidado, debíamos cruzar las cosas a través de la laguna, en su parte menos profunda, a pie sin que el agua llegue a tocarlas. El agua no iba a pasar del metro siguiendo un camino estrictamente seleccionado por dos de los pibes. No se qué extraña situación del universo hizo que yo terminara con todo aquello que se considera fundamental a la hora de acampar, es decir, las cosas más importantes quedaron bajo mi responsabilidad, casi sin pensarlo, todos fuimos agarrando bultos y yo, sin darme cuenta, terminé con la carpa, los toallones, la bolsa de dormir y el dinero a cuestas. Más mi bolso de mano. Todos comenzamos a cruzar y, claro, mi torpeza me jugó una mala pasada, me tropecé conmigo misma y comencé a caer para atrás en cámara lenta. Fue una secuencia determinante y bizarra, porque a pesar de la lentitud con que dicho acto estaba aconteciendo, no había forma de que todo se evitara ni vuelta atrás. En mi cabeza juro que podía escuchar casi patente el tema de Richard Wagner "The ride of the Valkyries"  sonando y musicalizándolo todo. Cada micro-segundo yo seguía cayendo para atrás y se iban empapando progresivamente y en orden: La carpa, las toallas, la bolsa de dormir, mi bolso de mano y la guita que tenía en el bolsillo del pantalón. Muy en el fondo distinguía los gritos desesperados de mis compañeros de viaje que no podían creer como yo había terminado con aquellos objetos contundentes y tan trascendentales para desarrollar tan bella actividad al aire libre y como todo se iba mojando cada vez más y más. Los alaridos me ponían más nerviosa, pero decidí que moverme iba a empeorar las cosas, así que me entregué a la voluntad del supremo dejándome caer hasta llegar al fondo. Todos vinieron a acudirme... Bah, perdón, a sacarme las cosas de encima, yo en ese momento no importé tanto. Algunos no podían parar de reírse, los demás se agarraban la cabeza y mi hermano gritaba "¿Que hacía Gisela con todo eso?!".

Así vivían los pibes, con toda esa belleza rodeándonos. Sin pagar sumas exhorbitantes de dinero ni contratar paquetes turísticos cinco estrellas en empresas de turismo. Solo pateando, conociendo personas y hablándoles con la mejor onda.
Después de semejante cagadón, todo salió de boa. Pudimos instalarnos sin más contratiempos, prender un hermoso fuego, cautivante, y secar las cosas mientras cocinábamos y compartíamos una olla de pastas juntos al mejor estilo carioca*.

Prueba contundente de que de verdad cocinamos a fuego vivo.
En otro de los fuegos, ya casi llegando al agua y también de noche, se nos ocurrió hacer un ritual en grupo. Todos seleccionamos un palo de madera rústico en el cual depositamos alguna frustración, persona o situación a soltar, o algún hecho del pasado al que debíamos darle un final. Cuando todos logramos "cargar" la rama con esa energía y estuvimos dispuestos a realmente dejarla atrás, arrojamos las maderitas al fuego como símbolo de que, a partir del momento en que se consuma, nosotros ya seríamos libres del pesar que aquello se quemó nos causó hasta entonces. Un momento emotivo acompañado de música improvisada y abrazos sentidos. Inolvidable.

Recuerdos eternos grabados en el corazón: Cantando el tema Rise, de Eddie Veder con Felipe en Ukulele.

La sonrisa y el alivio que solo la LIBERTAD en su sentido más amplio puede causarnos.

*El estilo carioca: Maniobra utilizada cuando los cubiertos y/o platos no son suficientes para la totalidad de los comensales. Es decir, cuando los utensillos no son equivalentes a la cantidad de personas presentes. Lo que se hace es compartirlo todo de manera equitativa. Se pasan la olla o el plato servido y los tenedores al compañero de al lado, se le da un bocado y se va pasando hasta terminar.
Letra chica: También se hace con lo que se beba o se fume.

martes, 27 de octubre de 2015

Adaptación a la vida hippie.

En el capítulo "cosas que nunca pensé que iba a hacer en mi puta vida PARTE 1" hablo - entre otras cosas - de los encuentros escatológicos del tercer mundo de los que fui víctima durante mi primera semana de estadía en un camping brasilero, más precisamente en el estado de Ceará. Bien al norte de Brasil, bien en la loma del recontra culo, bah.


Empezando por la palabra "CAMPING". Creo que nadie que me haya conocido hasta hace dos meses podía asociarme siquiera cerca de esa idea. Con solo decirles lo anonada que quedé cuando descubrí que las mochilas para viajar se medían en litros, como la birra y que bajé del aeropuerto con unos anteojos importados (que me robaron) y mis botas divinas de animal print, leopardo más precisamente, les digo todo chicos. Increíblemente, aquella situación bizarra que, antes de emprender mi viaje, era filtro excluyente para eliminar pelotudos de mi vida, terminó siendo mi más temido karma y único destino. Siempre sostuve que para dejarme, un tipo solo tenía que proponerme irme de campamento o invitarme a alguna actividad recreativa que tenga como propuesta un alto porcentaje de "vida al aire libre".

- Primer día de *Camping* BAÑO TAPADO
Por un sorete inmundo, ajeno, de un tercero, de un hijo de recontra puta que seguramente se comió una ballena o un conteiner de cangrejos acompañado con excesos de arroz y feijón (porque acá todo lo acompañan con eso, claro). Así estaba yo, frente a frente, con semejante sorongo, mirando a todos lados pensando que era víctima de una broma vil o alguna cámara oculta. Recuerdo que abrí la tapa del inodoro con un palito, con mis pies a unos 2 metros de distancia y mis brazos estirados a tope, mientras con la otra mano sostenía fuerte mi naríz, con el asombroso temor de morir asfixiada, ya que no quería respirar por la boca, temiendo tragar absolutamente todo ese aroma inmundo. Aromaterapia a la inversa. A todo esto, quiero destacar la frustración que sentí cuando tire incontables veces la cadena, la tirita que cuelga de la mochila del inodoro bah, mientras iba notando que el submarino atómico no se iba. El miedo que daba tener que esperar cinco minutos para que se llene de nuevo de agua y probar con la siguiente descarga y, sobre todo, el hecho de después salir y explicar, SIN HABLAR UNA PALABRA EN PORTUGUÉS, que ese sorete no era mío, a quien este esperando en la puerta del bañeiro para ingresar en él. Tenía que resolver. Estaba iracunda, nerviosa, avergonzada por si otros pensaban que semejante bestia había salido de mi esfinter y, por esa razón, retirarme de coger para siempre ya desde el primer día. Pensé en mi baño bonaerense, en quien carajo me había mandado acá, en mis viejos, en mis botas de leopardo, en mi glamour que se estaba diluyendo (y que era lo único que se diluía, porque el soretín, con cada descarga, se ponía de forma perpendicular y paralela y golpeaba simpáticamente contra el agujero del inodoro en forma de cruz. Estaba, se ve, tan duro, que era imposible que se ubicara de forma estratégica como para salir íntegramente de una por el agujero). Estuve 40 minutos en el baño. No pude resolver ese problema nunca. Los días siguientes pasó lo mismo. Aproximadamente una vez por día, Dios me encomendaba una misión suicida, algo que aprender de esta historia... Pasaron dos meses y todavía no encuentro una puta razón lógica de por qué me hizo pasar por semejante odisea.

- Almorzar y cenar usando una tapa de olla de aluminio inestable como plato. 
Una especie de Samba gastronómico del parque de la costa. Misturando mi fastidio, enojo y torpeza, tirando comida insulsa por los costados con cada tenedorazo que daba, con las cagadas a pedos de mi hermano menor que me gritaba desde al lado que tenía que dejar de ser tan Susana Gimenez y curtirme en la vida del viajero. 
Tomar agua de la canilla acá reemplaza el laxante. La guayaba te seca. La idea es encontrar el equilibrio justo entre las cantidades de guayaba y el agua del grifo, para no irte por el inodoro pero tampoco constiparte hasta que el intestino te toque la retina.

- El problema de la comunicación aprendiendo un idioma. 
Lo primero que aprendí, después de las palabras básicas que necesitas para sobrevivir en un país que no es el tuyo ( Obrigado, perdão, Posso usar o banheiro, onde é happy hour, quanto custa a cerveja, etc) fue "Eu vou tomar banho", eso significa que voy a bañarme. No solamente lo decía una y otra vez al estilo GPS quemándole la cabeza a cada persona que se me cruzaba, si no que también, en mi afán por quedar bien con cada persona que se me cruzaba, sentía la obligación de ir a bañarme cada vez que lo decía más de dos veces seguidas. O sea que, en Brasil, la primera semana me bañe alrededor de 75 veces por día si contamos las veces que hablaba de más y las que iba de cuerpo (como diría mi abuela paterna QEPD al acto de defecar) ante la falta de bidé.